miércoles, 31 de mayo de 2017

Literatura para soñar

La literatura ha sido acusada de hacernos soñar y apartarnos de ese deber ingrato que es la vida. Y efectivamente, la literatura puede evadirnos, pero esa evasión no tiene por qué significar renuncia a la vida. Y aunque así fuera, ¿qué? Vila-Matas asegura que entre la vida y los libros se queda con éstos últimos. Y yo le comprendo, y casi comparto su criterio. Pero no es una idea nueva. Ya Proust manifestó: “la verdadera vida, la vida por fin esclarecida y descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura”. ¿Quién no ha sufrido, de entre los lectores, el trauma del regreso a la realidad? ¿Quién no ha visto reducida la existencia que le rodea al regreso de Macondo, o del París de Rayuela? Nuestra vida siempre es más pobre, más chata, más roma de sentimientos y más avara de avatares. Quizá Sartre tuviera razón cuando denunció a la literatura como una ilusión, cuando asegura que se escribe porque no podemos vivir como quisiéramos. Para eso nació la literatura, para poder vivir otras vidas, otras épocas. ¿Vidas con red? Pues sí, pero qué importa si cuando estás en el aire no la percibes, no la sientes, ni te importa si está o no está. Admito que este punto de vista de quienes apostamos por soñar en/con/dentro de la literatura no es compartido por mucha gente. Los exégetas de la cruda realidad proclaman que una noche de primavera relaja más que toda la literatura. ¿Y una noche de primavera vivida en una novela? Otros tachan a las novelas de literatura infantil para adultos, prefiriendo a este género la autobiografía, los libros de geografía o de ciencia. ¿Y qué? ¿Acaso no se puede soñar con príncipes y princesas una vez cumplidos los veinte años? Hay que escapar de la rutina de los días y las horas, y para ello están esas puertas a lo extraordinario que se llaman libros. Y es que yo, como García Hortelano, creo que la literatura es esa otra vida de la vida. Dos vidas, un chollo.


Zaragoza, 31 de mayo de 2017

miércoles, 24 de mayo de 2017

Puñetera publicidad

La publicidad es una fuerza imparable, ubicua, indestructible, casi omnipotente. Los altos salarios que paga esta industria le permite alquilar los cerebros más creativos de la sociedad, los más atrevidos. Cuando no son los mensajes subliminales, son las técnicas promocionales dictadas por sesudos psicólogos. Al diluirse entre tantos medios y ante la apatía, prevención o coraza que la publicidad genera en los destinatarios, se elucubran nuevas vías de penetración. Así surgieron los anuncios en forma de noticia (la palabra publicidad aparece en letra pequeña y en el recuadro de la pantalla menos visitado por el ojo), anuncios dentro de las series televisivas o películas (la marca del coche del agente secreto, el aceite que utiliza el ama de casa del serial), y ahora se estila colgar vídeos en internet con la suficiente enjundia para que sean los mismos usuarios los que expandan el mensaje. El caso más notorio es el vídeo que encargó la MTV “Yo amo a Laura”, donde unos jóvenes pijos cantaban las alabanzas de la virginidad, o el más reciente del robo del sillón del presidente español, para anunciar una campaña contra el hambre. ¿Qué será lo próximo? ¿Nos hablarán los garbanzos? ¿Compraremos gafas que interrumpan momentáneamente la visión para recomendarnos una película o unos calzoncillos? Todo es posible, nada es descartable, salvo la circunstancia de que nos dejasen en paz.


Zaragoza, 24 de mayo de 2017