martes, 18 de diciembre de 2018

Angelus Novus


El cuadro de Paul Klee titulado Angelus Novus, que se muestra en la página, fue una acuarela que Walter Benjamin compró a su autor en 1921. Podría extenderme mucho sobre las peripecias que sufrió la acuarela hasta terminar, hoy, en el  Museo de Israel en Jerusalén, pero no es este el momento. Lo que quiero analizar, con la complicidad del lector, es la interpretación del cuadro.  Walter Benjamin veía en el cuadro a un Ángel en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Le parece a Benjamín que sus ojos están desencajados, percibe su boca abierta en asombro o miedo y las alas le parecen que se hallan extendidas. Y dice que “El ángel de la Historia” debe tener ese aspecto. Un ángel que mira hacia el pasado, un pasado que si a nosotros nos parece una cadena de acontecimientos, él, el ángel, ve una catástrofe única que acumula ruina sobre ruina. Benjamin opina que el ángel quisiera detenerse, recomponer lo destruido, pero que una tormenta celestial se arremolina en sus alas y le arrastra irresistiblemente hacia el futuro. A esa tempestad, dice Benjamin, es a lo que llamamos progreso. O sea, el progreso arrastrando al Ángel de la Historia y dejando atrás la destrucción. Pero, ¿no está influida esta interpretación por el tiempo convulso en que vivió el filósofo alemán? Yo, ahora, diría que la figura representa al Ángel de la Crisis, que mira con pena cómo se deshacen los estados del bienestar de ciertos países meridionales por causa de la codicia de los mercados financieros. Las alas no son tales alas, sino manos, manos alzadas como para decir: ¡Dónde vais! ¡Qué hacéis! Pero es un gesto impotente porque algo, en esto coincido con Benjamin, le impide volver a socorrer a los desahuciados. Pero no creo que sea el progreso la fuerza que impide detenerse al Ángel de la Crisis, quizás sea un ucase neoliberal, quizá sea la orden imperativa de otro ángel, más humano, que tiene apellido, y que es mujer.

Zaragoza, 18 de diciembre de 2018

lunes, 3 de diciembre de 2018

La vejez, divino tesoro


La vejez anuncia el polvo que seremos. Es como la imagen de la foto, el barro recubriéndolo todo para luego secarse y hacer más fácil el quebrarse, el resquebrajamiento final. Pocas personas logran envejecer con dignidad. Mal se llevan las arrugas y las canas, la falta de bríos, la falta de curiosidad. Y sin embargo, cuánto mejor ser un joven de ochenta años que un viejo de veinte. Cuando nacemos lloramos en medio del regocijo que nos rodea. Sería imperioso vivir de tal manera que cuando muramos se llore alrededor y nosotros nos alegremos. Pero esa hazaña pocos la consiguen. Y es que no es fácil ser viejo. Pocos saben asumir el paso del tiempo. Se pueden tener arrugas en la cara pero tener el ánimo liso. Eso al menos dijeron los sabios antiguos, cada vez más olvidados y menos añorados, como las nieves de antaño. La vejez, o su lucha contra ella, se ha convertido hoy en un gran negocio, los cirujanos plásticos con sus bisturíes se compinchan con los laboratorios farmacéuticos, las residencias de la tercera edad (cruel eufemismo) con los fabricantes de pagamento dental. Se gasta mucho dinero simplemente para aparentar ser joven. Pero han elegido un camino equivocado. La quimera del rejuvenecer sólo engaña a quien quiere ser engañado. Una mujer anciana cuyo rostro esté tieso por el botox no es ni la mitad de atractiva que una abuela de su edad que viaja, lee, juega con sus nietos y el único maquillaje que usa es el agua fría de la ablución mañanera. ¿Qué hombre, o mujer, que haya alcanzado cierto grado de sabiduría desearía ser más joven? Ninguno. Porque envejecer puede que no sea atractivo, pero es interesante, e inevitable. Descúbrese una etapa nueva, una etapa donde los sentidos que se nos cierran se compensan con nuevos sentidos que se abren, más serenos, más propicios al sosiego, y por ello más cercanos a la sabiduría. Además, nadie ama más la vida que el que sabe que le queda poca. Por eso la reverencian, y no sólo la suya: TODAS.
            Es tiempo de envejecer. ¡Adelante!

Zaragoza, 3 de diciembre de 2018

lunes, 19 de noviembre de 2018

¿Qué hay en un nombre… de artista?



En un artículo del reputado crítico de arte Robert Hughes sobre Andy Warhol y publicado en el New York Times Review of Books en 1982, reparo en la cantidad de nombres cuyo apellido comienza por la misma letra que el nombre. En concreto, estos son los nombres que cita el mencionado crítico en su artículo y que llamaron mi atención: Marilyn Monroe, Ronald Reagan, Eric Emerson, Jaspers Johns, Robert Rauschenberg, Robert Rosenblum. Seis nombres con esta peculiar característica. Pero lo más curioso es que el libro de donde he sacado el artículo (Nothing if not Critical), se compone de una serie de artículos sobre artistas plásticos, en su mayoría, artistas que muchas veces, demasiadas para deberse al simple azar, su nombre y apellido comienzan por la misma letra. He aquí una lista de ellos, omitiendo los ya mencionados y a sabiendas de que se me quedarán algunos, pues me he dado cuenta de este fenómeno cuando iba por la mitad del libro. Los nombres: Hans Holbein, Pablo Picasso, Saul Steinberg, Philip Pearlstein, George Graz, Malcolm Morley, Sean Scully, Bernard Berenson, Howard Hodgkin, Hans Hofmann, Salvatore Scarpitta, Avigdor Arikha, Alphonse Allais, Carlos Carrá, Denis Diderot, Hanne Hoch. Es sorprendente la cantidad de nombres de artistas cuyo nombre y apellido comienzan por la misma letra. Pareciera que el propio nombre les incita al camino de las artes (recuérdese que Platón decía que el nombre es un presagio). He indagado por ahí y he dado con otros nombres de artistas de diverso género cuyo nombre cumple el requisito expuesto: Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini (Nada menos que tres “pes”), Béla Bartók, Bertold Brecht, Wim Wenders, Brigitte Bardot, Louis Lumiere… Si a estos artistas añadiésemos a escritores y poetas, la lista sería interminable: Antonin Artaud, Walt Whitman, James Joyce, William Wordsworth, Franco Ferrarotti, Tristan Tzara, Severo Sarduy, Jon Juaristi, Olga Orozco, Manuel Machado… ¿Para qué seguir?
            Sí, los nombres de los artistas son un presagio: Nomen omen, el nombre es un destino. Reflexionen sobre ello.

Zaragoza, 19 de noviembre de 2018

lunes, 5 de noviembre de 2018

¿Por qué temen los tiranos a los poetas?


Hoy me entero por la prensa de que el poeta Breyten Breytenbach (nombre de poeta donde los haya) escribía poemas en la cárcel bajo la vigilancia de sus carceleros, que eran además sus únicos lectores. ¿Cómo influiría ese público lector en los poemas? Por la misma fuente me entero de que al poeta ruso Osip Maldestam le conminaron a escribir un poema sobre Stalin (por cierto que Pablo Neruda, sin ninguna obligación, escribió un poema laudatorio sobre el tirano ruso; eran otros tiempos, tiempos difíciles: hoy, estoy seguro, conocidas las atrocidades de este dictador de hierro, a lo mejor no lo hubiera hecho). Todo esto viene al caso para preguntarse, ¿tal es la importancia de la poesía para que dictadores y tiranos deseen ser alabados por ella o encarcelen, destierren y asesinen a quienes las escriben contra ellos? ¿No es la poesía una de las materias menos consumidas entre los lectores? ¿A quién conoce usted que lea poesía de forma habitual? Yo, que estoy sumido en el mundo de las letras, apenas si conozco a dos o tres personas. Es decir, casi nadie. Hecho además que viene avalado por las escasas tiradas de los libros de poesía. Ningún poeta vivo podría vivir de los beneficios de su obra. Entonces, si casi nadie repara en la poesía, si casi nadie la lee, ¿por qué la temen tanto los tiranos? ¿Qué ven en ella que les atemoriza? Si la poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua (Lezama Lima), un árbol sin hojas que da sombra (Juan Gelman) o ese declarar eterno lo que es pura mortalidad y vano (Paul Celán), ¿por qué les preocupa tanto a los gobernantes? No se sabe, pero les inquieta. Quizá porque la poesía sea también un arma cargada de futuro (Blas de Otero). Esta prerrogativa debería satisfacer a los poetas, poseedores de un arma capaz de atemorizar a los tiranos. Quizá tuviera razón Hölderlin cuando dijo que la poesía es un juego peligroso. Peligroso para el poeta que no alaba al dictador, peligroso para las dictaduras porque las rimas censuradas se introducirán en los ladrillos del edificio de su opresión y, como las larvas en espera de su transformación, socavarán sus pilares y, finalmente, provocará la ruina del inmueble. Qué fabuloso es el poder de la poesía, que nadie sabe dónde reside.

Zaragoza, 5 de noviembre de 2018

miércoles, 17 de octubre de 2018

La autopista de la información


Hoy el progreso tecnológico avanza a un ritmo vertiginoso. No es extraño que lo ancianos o los desfavorecidos que no puedan subirse al tren de la tecnología se queden atrasados, desfasados, fuera de este nuevo mundo, mundo virtual si se quiere, pero mundo extraordinario. Hay que estar conectado a Internet, en banda ancha, lo más ancha posible, pertenecer a las redes sociales, al menos a una, tener un teléfono inteligente (Smartphone), hay que llevar GPS en el coche, aunque sea para ir al supermercado de la esquina. Hay que leer en red varios periódicos al día, contrastar opiniones, mantener uno o dos blogs, mirar uno o dos blogs que nos gustan, estar a la última en las series que ofrecen la televisión de pago, acudir a los estrenos cinematográficos. Los semanarios de los periódicos nos ponen al día de las últimas novedades de consumo, la moda y quién es quién en el mundillo de la fama. Si además uno practica una profesión de las llamadas liberales (¿las otras son conservadoras?), hay que estar al día de su campo por medio de revistas especializadas y congresos. Por supuesto que hay que estar atento a las novedades del mercado editorial, mejor si poseen versión para libro electrónico. Otro tanto para las novedades discográficas que bajarse al MP3. Del teatro no, el teatro es un medio anacrónico que no tardará en desaparecer. A no ser que suban la obra a YouTube, en cuyo caso podría ser interesante. Me he entretenido en hacer cálculos y para estar al día en esta sociedad de vértigo se necesitan 53 horas al día. Debemos modificar el calendario y los husos horarios. Hacer horas de veinte minutos. No queda otro remedio. La alternativa es detenerse y dejar que el mundo nos adelante y nos deje atrás. Seríamos un grupillo de rezagados de la tecnología y cerrado a las novedades. Vaya, no suela tan mal. ¡Qué digo, suena de maravilla! Aquí me quedo.

Zaragoza, 17 de octubre de 2018

jueves, 4 de octubre de 2018

La moda y los modistos


Sigamos con las modas, esta vez en el vestir. Yo fecho el origen de la moda en la monarquía francesa antes de que comenzaran a funcionar a destajo las guillotinas. Esos trajes donde el azul marino conjuga con el oro, y la seda con los tules, esas chorreras, esas pelucas, esos rostros pintarrajeados, anunciaban sin ambages la venida de la moda. La moda la dictaba la corte, los poderosos, la aristocracia. Era suya y para ellos. El pueblo llano se conformaba con cualquier jubón y unos cullotes. Un poco como sucede en nuestra época, pues a pesar del invento del prêt-a-porter, la moda que se exhibe en las pasarelas está destinada a las clases pudientes, aristócratas del dinero que pueden permitirse pagar los precios de un Balenciaga o un Dior. A los demás mortales, si acaso, les toca de refilón algún gesto del estilo de los grandes modistos. Resulta curioso que hoy el punto débil de la moda: el tiempo, constituya a la vez su punto fuerte. La moda, por definición, y por esencia, es pasajera, pero la moda (o más bien sus creadores, o sus comercializadores) aprovechan esta circunstancia para incluso acelerar su caducidad, no dejar que se asiente para así sacar nuevas líneas de ropa e incrementar el negocio, porque hoy, no se olvide, la moda es un negocio, un negocio muy lucrativo. Sin embargo, lo que me gustaría reseñar de la moda actual (me refiero a la que se muestra en las pasarelas) es su extravagancia, su desproporción. Cuando observamos a los modernos diseñadores y sus colecciones, solemos prensar, ¿quién se atrevería a ponerse esa ropa? ¿Quién, en su sano juicio se atrevería a pasearse enseñando los pechos bajo tules transparentes, arrastrando bombachos de carnaval, molestándose en andar con mangas de duende desorbitadas, aguantando sobre la cabeza sombreros que no cabrían por las puertas de un autobús? ¿Los ricachones en sus fiestas privadas? Sospecho que no. Esos vestidos que vemos desfilar en las pasarelas, no los lleva nadie salvo la modelo que lo pasea durante la exhibición. ¿Qué se vende entonces? No el producto, lo que se vende es ideología. ¿Qué ideología? Eso les corresponde a ustedes contestarlo.

Zaragoza, 04 de octubre de 2018

miércoles, 19 de septiembre de 2018

La dictadura del diseño


La moda, el diseño, todo lo invaden. Todo ha de poseer un “estilo”, desde el cabello hasta las sartenes. El propósito de cualquier objeto es ahora su representación. No importa que la sartén fría bien, o demasiado plana, si es de Gucci, y se utiliza para mostrar a las visitas. Nadie duda de que el aporte del diseño encarece la mercancía, pero a pocos parece importarles. Y tampoco el hecho de que las marcas más prestigiosas (y caras) te hagan llevar visible su logo o su nombre, como  una seña de distinción (dicen ellos), o como una valla publicitaria andante (digo yo). Pero donde más se aprecia el furor y el exceso del diseño es en la comida y en el vestir. Los nuevos modistos del yantar no cuidan tanto el valor nutritivo de las viandas (y menos su sabor) cuanto su colocación y diseño en el plato. De hecho, y refiriéndose al sabor, cuanto más alejado esté éste de los sabores tradicionales, mejor. Por ello no sólo cobran precios desorbitados sino que quieren, además, recibir tratamiento de artistas. Gracias a esta tendencia, cada vez más gente hemos vuelto a buscar los sabores de la comida tradicional, avalada no por estrellas Michelín sino por miles de paladares satisfechos. ¿Quién podría comer a diario los sofisticados platos de Ferrán Adriá? Nadie en su sano juicio. El empalago sobrevendría al tercer día. Sin embargo, todos los días podríamos comer tortilla de patata o huevos fritos o cocido. Mediten por qué. En los semanarios de los principales periódicos, sin embargo, no cejan de mostrarnos (¿inculcarnos?) comida de diseño, platos de escaparate que exige una preparación escénica digna de la mejor colección de moda, fotos donde predomina el Photoshop sobre las lentes del fotógrafo: cebolla en alarde cromosomático y caramelizada al límite del tostado, gambas fritas que semejan fractales, huevos donde la canela descubre los pliegues sospechosamente perfectos de la clara en alarde, ensaladas engalanadas con filigranas de vinagre de Módena… En fin, el comer por la vista. Yo sigo prefiriendo el comer por el estómago. Qué le vamos a hacer.

Zaragoza, 19 de septiembre de 2018


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Cambio climático


Las alarmas han saltado, El cambio climático amenaza la supervivencia de la especie humana. Alarmas particulares ya habían saltado hace tiempo, pero esta vez han sido muchas de vez y muchos íncolas de este planeta se han parado a escucharlas. La mayoría se entera por primera vez. ¿Cuánto durará este estado de clarividencia, este prever la catástrofe inminente? Hasta que los culpables de la situación organicen otro partido del siglo, un reality-show más escandaloso o un miedo menos comprometedor para sus intereses crematísticos. Y vuelta a la modorra hasta que no tengan agua para hacer cubitos que llevarse al whisky o gasolina para el todo terreno con el que ir al centro comercial. La humanidad no escarmienta. Pareciera como si les bastase a los hombres que el mundo durara más allá de su esperanza de vida. Detrás de ellos, el diluvio, la lluvia ácida, o la radiactividad. La prensa recoge que el lobby que apoyó al señor Bush (hijo) pagó mucho dinero a científicos y profesionales del medio ambiente para que minimizasen o desmintiesen las amenazas sostenidas por los grupos ecologistas. El presidente de rostro anaranjado hace lo mismo. Un lobby, como saben, compuesto por carcamales al servicio de las empresas más contaminadoras, entre ellas las petrolíferas, cuyos desorbitados beneficios causan estupor… y miedo. Cada compañía petrolífera estadounidense, u holandesa, posee unos beneficios superiores al PIB de la mayoría de los países de la Tierra, incluyendo a los países de dónde sacan las riquezas. ¿Quiénes son los terroristas? ¿No llama semejante escándalo a la revuelta, a desposeer a estos tipejos de sus bienes por la fuerza? Lo malo es que son ellos los que poseen la fuerza y ellos los que desposeen al resto de los humanos. ¿Cómo poner de acuerdo a todos los países cuando los poderes que sostienen a los más poderosos y contaminadores no están dispuestos a colaborar? En su desesperación, uno hasta desearía que ocurriera lo peor: ellos también desaparecerán.

Zaragoza, 05.09.18

martes, 7 de agosto de 2018

¿Cuánto vale el patriotismo?


¿Cuánto vale el patriotismo? ¿Cuánto vale una bandera? Un trozo de tela con franjas de colores o con barras y estrellitas, como gustéis, y dependiendo de la dificultad del trazado, puede costar entre cinco y diez euros. No más. Sin embargo, estos trapos de colores, enarbolados por imanes, sacerdotes y políticos, cuestan muchas vidas, millones de vidas. Sí, su valor es mínimo, pero el coste tremendo. ¿Qué puede incluir un trozo de tela para que al ser ondeada frente a ciudadanos normales y corrientes, éstos corran a armarse y morir y matar por ella? ¿Existirá también en este objeto aparentemente ornamental una transubstanciación como la que opera en la hostia consagrada al transformarse en el cuerpo de Cristo? Y en este caso, ¿qué se supone que se introduce en la bandera? ¿La idea de la patria, el espíritu de la libertad, la demencia vengativa? ¿Qué puede insuflar a un pedazo de trapo el valor simbólico que ocasiona guerras y muertes por doquier? Hay quien dice que la bandera representa a la patria. ¿Y qué es la patria? Un concepto vacío, una sublimación del concepto nación, territorio donde ciertos bípedos comparten idioma, costumbres y religión. Si yo sacase mi pañuelo, lo enarbolara por encima de mi cabeza y pidiera a la gente que me rodea que me siguiese para acabar con un barrio vecino, ¿no me tomarían por loco? Nadie me seguiría. O a lo mejor algún borrachín, un amargado o algún violento. Pero la mayoría me tildaría de chalado. Pero si en vez de ser un pañuelo blanco, el pedazo de tela hubiera tenido determinados colores y alguien desde una tribuna o un púlpito pidiera a esa misma gente que se agrupasen bajo esa enseña, se armasen y se dirigieran contra un pueblo vecino con diferente enseña, la gente les seguiría enardecida. Dejarían a sus familias para defender el odio a los otros, a veces, es verdad, odio correspondido por esos otros. Y no se darían cuenta, tal era su ardor bélico, que quienes les incitan a matarse no les acompañan, se quedan detrás para hacer las cuentas. Sí, tenía razón el doctor Johnson cuando dijo que el patriotismo es el último refugio de un canalla. Y la primera trampa de la plebe embrutecida, añadiría yo.

Zaragoza, 8 de agosto de 2018

martes, 31 de julio de 2018

El imperio de la pornografía


La pornografía está en auge, lo inunda todo. Desde la más sutil que nos llega por medio de la publicidad a la más grosera y sin complejos que tenemos al alcance en Internet. Pese a la desaparición (casi) de las salas donde se exhibían este tipo de películas, cada día se producen más videos pornográficos que de cualquier otro tipo. La pornografía y sus fetiches se venden por catálogo, en sex-shops o se bajan de Internet (método más frecuente). Hay millones (sí, millones) de sitios en Internet donde se ofrece pornografía. La mayoría pretende ser de pago, pero las muestras gratuitas que ofrecen, multiplicadas por el número de portales que las ofrecen, hacen innecesaria el desembolso. Y qué decir de los géneros y subgéneros ofrecidos. Internet, por necesidad, ha creado una taxonomía del sexo que un millón de Linneos no hubieran podido superar. En una de las muchas páginas de sexo consultadas, hay por lo menos trescientas categorías de oferta. Estos son algunos de los apartados: mulatas, rubias, colegialas, dibujos animados, travestis, transformistas, gays, lesbianismo, parejas, tetas grandes, bizarrías (del inglés bizarre: cosa fuerte), zoofilia, sexo negro, fetichismo, etc. La lista podría continuar. En cada una de estas secciones uno halla cientos de películas, o trozos de ellas que se pueden descargar gratuitamente. Pero con tanto cebo y señuelo, a uno se le quita el apetito y renuncia al banquete prometido. Ha comido de pinchos. Ah, qué tiempos aquellos cuando una revista como Lib (pornografía carpetovetónica, con tías con pelos en el sobaco) bastaba para llenar y saciar nuestras ansias de sexo. Lo bueno de la moderna pornografía es que la obtienes mediante un simple clic en tu propia casa, gratis, y no necesitas almacenarla o esconderla en ningún armario poco frecuentado. Está ahí, en el ciberespacio, almacenada en una dirección que empieza con tres uves dobles (he estado a punto de escribir “ubres” dobles). Quizá no reemplace al sexo de contacto directo, pero puede ser un sucedáneo aceptable, y más barato. Para ir más allá, esperaremos a la replicante femenina o WoRobot.

Zaragoza, 1 de agosto de 2018

miércoles, 25 de julio de 2018

El dinero


No hay más dios que el dinero, y la banca es su profeta. Nunca, en ningún momento de la historia de la civilización occidental, ha existido un amor tan desproporcionado por el dinero. O quizá es que nunca lo ha habido en España y extrapolo esta circuns-tancia a todo el orbe capitalista. Pero me da que no exagero. Creo que es una afección global. Mencionaba la prensa hace unas semanas que el primer día que entró Bulgaria en la CEE, cientos de hombres de negocios de Inglaterra, Francia y España, entre otros, arribaron con maletas llenas de dinero a Sofía, principalmente para comprar inmuebles. Al calor de la rápida revalorización que preveían del valor de la vivienda, todas las sierpes financieras, buitres de la especulación, ratas de la hipoteca, arribaron a la capital de Bulgaria. ¿No pinta esta imagen un cuadro más exacto de nuestra sociedad que cien libros de historia y sociología, que ocultarían estos hechos de rapiña bajo índices de precios y tasas de crecimiento del PIB? Es descorazonador ver a los ciudadanos que me rodean, la mayoría de ellos con dos sueldos (el de su cónyuge y el suyo propio), adquirir pisos y apartamentos con un ansia que raya la locura. ¡Y cómo se les llena la boca hablando de revalorizaciones, de cómo con los alquileres de unos pisos financian la compra del próximo! Acumulan, tienen, poseen, pero no son. Han renunciado (¡qué les importa!) a culturizarse. No van al cine (total, ya tienen tele grande), no compran libros (¡No tenernos tiempo de leer!), no aprenden idiomas o estudian cursos de arte (¡menuda mariconada!), no se desarrollan espiritual ni moralmente. Morirán ignorantes, pero con propiedades. Ellos no valoran el tiempo que deben dedicar a notarios, escrituras, fontaneros, comunidades de propietarios, limpiezas de piso, amueblarlos, viajar los fines de semana a la playa o a la montaña para ver si su preciada posesión se encuentra en perfectas condiciones o se ha inundado debido a las pasadas lluvias. Ser o tener siempre ha sido el dilema de hombre en nuestra sociedad. Hoy el ser está devaluado, su índice ha perdido muchos enteros. ¡Buena época para invertir!

Zaragoza, 25.07.18

miércoles, 18 de julio de 2018

La espontaneidad


La espontaneidad. La espontaneidad es difícil de conseguir fuera de la infancia. Al crecer, al madurar, nos vamos llenando de máscaras y trajes que impiden ver lo que somos en realidad, en ese desnudo (y secreto) interior. La cultura, en este caso, añade más máscaras y más atavíos. La cultura es represión de instintos. Lo sabemos por Freud. La espontaneidad habita sólo en los niños y en los pueblos muy primitivos. Pero hay actos que nos devuelven por unos instantes la espontaneidad perdida. Uno de ellos es el salto. El fotógrafo que pensó en sacar a un elenco de celebridades de la cultura saltando (lo siento, conservo una foto pero ahora no recuerdo el nombre) tuvo una idea inspirada. Durante un instante, instante que recoge la foto, el personaje se desprende de sus máscaras, queda desnudo de gestos y se muestra tal como sería retornado a la inocencia. En ese suspenso magistralmente sostenido el sueño sombra suele vestir de bulto bello. Se iguala con el salto la personalidad. La espontaneidad se extiende delante del ojo de la cámara. Es fácil advertir el prestissimo nervioso o el lento aristocrático de ciertos brincos. Ciertas acrobacias pueden mostrar que se es fuga de faisanes de sangre ardiendo, pues la verdad acecha en los impulsos. Es por ello que hay saltos acrobáticos, saltos de tímido, saltos bailarines, saltos de ¡Dios mío, qué chorrada estoy haciendo! La foto, durante semejante acto desinhibidor tomada, nos mostrará al artista (los artistas tienen, si cabe, más máscaras que nadie) desnudo de artificio, primitivo y sincero, él mismo en esencia. Fue una buena idea la que tuvo el fotógrafo al querer captar a sus personajes en el acto de saltar. Debería hacerse también con los políticos. El salto les desnudaría y nos llevaríamos grandes sorpresas. Podríamos descubrir en el salto del conservador a un progresista camuflado, o vislumbrar en un nacionalista antiespañol el torero ancestral que lleva dentro. Sí, sería clarificador. Y divertido.

Zaragoza, 18 de julio de 2018

lunes, 16 de julio de 2018

¿Cómo se compaginan dos actitudes contrapuestas?


El buen católico que es un buen matemático, un químico de prestigio o un ingeniero competente, cree sin embargo en la Santísima Trinidad, tres dioses en uno, y que el vino que oficia el sacerdote se transmuta en sangre de Cristo al pronunciar unos latines. ¿Por qué aplica la razón o el sentido común en las tres profesiones que acabo de citar, y está por debajo del sentido común cuando se trata de la Trinidad o de la Consagración? Porque en los tres primeros casos ve con sus propios ojos y perfecciona su inteligencia; y en el último caso ve por los ojos de la tradición, de los mistagogos, cierra los suyos y pervierte el sentido común que posee.

La oveja feroz
16.07.18



martes, 3 de julio de 2018

Otra definición del arte


La frase “el arte ha de producir orgasmos” podría ser una buena aproximación a los fines del arte. Sería, al menos, inusual, que ya es algo. Estamos tan cansados de los tópico, de los clichés, de las opiniones previsibles de los mandarines del arte, que las definiciones que desencajen en el geométrico ámbito de lo canónico, nos gustan, rozan algún resorte de inconformismo que muchos siglos de ortodoxia habían casi sepultado en nuestro cerebro. Ponerse delante de un cuadro y correrse; o no. Escuchar una pieza sinfónica y eyacular; o no. Leer un libro y alcanzar el clímax; o no. Ese “no” significa que lo que hemos contemplado, escuchado o leído, no es arte. La fruición estética debe conllevar una descarga de semen espiritual. Lo demás es pornografía barata, objetos mercantiles y de consumo, no es arte. El arte es largo y la vida corta, decía un adagio latino. Es largo, quizá, para abreviar el tránsito. Pero un tránsito que ha de discurrir por cimas, no por valles. Cimas de inaccesible nieve siempre canas, cimas de fruición, de placeres, de orgasmos. Y si no hace nuestro tránsito más breve, lo hará más gozoso. El arte es otra vida de la vida, la vida en miniatura, el resumen perfecto de su original más borroso. Antes, este concepto de placer extremo en el arte sería considerado blasfemo, porque el arte estaba sojuzgado por la religión. Experimentar un orgasmo contemplando una madona o una inmaculada hubiera supuesto, tras la excomunión, la hoguera. Defender hoy que el arte debe producir orgasmos nos excomulga también, pero no conlleva pira ejemplarizante. La religión de los marchantes es menos ruda, al menos mientras el heterodoxo, casi siempre en minoría, no haga peligrar los grandes beneficios que suele proporcionar su profesión. Necesarios al arte, estos mercaderes al arte necesitan. Y es tal su poder suasorio que venden sus productos incluso a individuos no adictos al estremecimiento de la piedra o el lienzo. Y es que esgrimen, con pericia, el juego de las reputaciones indudables.

Zaragoza, 4 de julio de 2018

jueves, 28 de junio de 2018

Feministas


Con tanta reivindicación de la mujer para obtener sus justos y merecidos derechos se mezclan, por parte de las feministas más radicales, tipos de reivindicación que tienden a distorsionar la dicotomía hombre-mujer como hasta hoy la naturaleza ha dispuesto. No me opongo a esa suma de derechos a los que la mujer, como ciudadano del mismo rango que el varón, reivindica, sino a la pérdida de esa “femineidad” que siempre ha sido un sello distintivo de la mujer y que me gustaría que persistiera. No me gustaría que la mujer dejase de ser coqueta, que no se acicale, que renuncie a resultar atractiva a los hombres. Es por ello que abomino de esas féminas que ahora quieren aficionarse al fútbol (un deporte de trogloditas ilustrados), beben cerveza directamente del botellín y renuncian a la peluquería y al desodorante. No es incompatible las ambiciones profesionales, la libertad de criterio con el ponerse guapas. Decía Goethe que la mano que el sábado esgrime la escoba es la que mejor acaricia el domingo. Bueno, la imagen es un poco anticuada, pero nosotros (yo) queremos que la mano que teclea fórmulas en el ordenador o maneje el puntero en una reunión de márquetin el viernes, sea también la que mejor acaricie, y no sólo el domingo, sino cualquier día de la semana. Ya han pasado los tiempos en los que Baudelaire pudo decir que amar a una mujer inteligente era placer de pederastas. Hoy las mujeres inteligentes han salido a la palestra, están ahí, se las ve, se las escuche, y se las puede amar. Frente a la feminista que oculta sus curvas en toscos paños, se corta el pelo al rape y usa vocabulario soez, los hombres inteligentes reivindicamos a la mujer inteligente que cuida su aspecto físico, su atavío y su lenguaje. Ejemplo paradigmático de lo que quiero expresar sería la que fuera candidata a la presidencia de Francia por el partido socialista: Segolene Royal. Guapa, elegante, inteligente, ¿qué más puede pedirse? La mujer, por fortuna, ha dejado de ser “el eterno femenino del eterno calzonazos”, como expusiera el misántropo Tristán Corbière. Una frase de contrastes donde el eterno femenino, ese piropo elevado a la categoría filosófica, ese halago fino, se une al calzonazos, especie que no mengua.

Zaragoza, 27 de junio de 2018

miércoles, 20 de junio de 2018

En torno al tema de Dios


Dicen que dicen que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. O sea, que Dios es hipócrita, perverso, envidioso, soberbio, lascivo, avaricioso, y muchos otros defectos que dominan, desde la lejanía de los tiempos, a las criaturas hechas a su semejanza. ¿Entienden bien los que invocan esta idea las consecuencias de la misma? Creo que no. Claro que tampoco les importa. De tanto comulgar con ruedas de molino teológicas su paladar ha perdido la sensibilidad para segregar los dictámenes de la razón de aquellos dictados por la fantasía, la superstición o el simple delirio. Decía Diderot que Dios es el lamento del alma en pena, embrutecida. Dios es un mero placebo ontológico, un ser creado para el consuelo. Para el consuelo de los muchos desmanes que originan quienes creen en él, añadiría. En su nombre (en sus muchos nombres) se han cometido las mayores atrocidades que la humanidad recuerde. Puede que sea, después de todo, verdad que estemos hechos a su imagen y semejanza. Aunque es más probable que nosotros le hayamos hecho a él a nuestra imagen. Cuadra mejor, y evitaría todas esas inacabables discusiones sobre su existencia. Discusiones que, la verdad, rebajan las cualidades de este presunto ser, porque ¿qué clase de Dios necesita que se demuestre su existencia? ¿Acaso no es omnipotente? ¿No puede imponernos la creencia de su existencia? Al final tendrá razón ese personaje de Beckett que exclama: “¡Dios, el muy cabrón no existe!” Es como para sentirse engañados. Porque aunque no existe, y como bien dijera Rodrigo Fresán, Dios es un gran personaje. Tan grande que es el protagonista principal de muchos libros, libros que si no son novelas, sí lo parecen, aunque su influencia va más allá de lo literario. Y es que la misión del hombre en este planeta puede que no fuera adorar a Dios, sino crearlo, como sugiriera el sagaz Arthur C. Clarke. Y luego destruirlo, añado yo. Llevar a cabo la amenaza del Dr. Philo Drummond: “Dios está vivo… ¡pero me ocuparé de ELLO!” Y encargó el trabajo a un pistolero llamado Nietzsche.

Zaragoza, 20 de junio de 2018

miércoles, 23 de mayo de 2018

Los miserables


Los miserables. Nada más despreciable que esas personas que viven como mendigos y luego, al morir, se descubre que poseían enormes fortunas. Abundan estos personajes, las noticias nos lo revelan casi cotidianamente. Son criaturas poseídas por la avaricia, posible-mente el peor pecado que puede darse. Voy a relatar una serie de casos de miserables recogidos por la escritora Edith Sitwell. Por eso son todos ingleses, aunque la figura del miserable no sea patrimonio exclusivo de un país. Es universal. El reverendo Mr. Jones, que fuera coadjutor en el condado de Berkshire, llevó el mismo sombrero durante 43 años, y el mismo abrigo. Cuando después de 35 años las alas del sombrero se le desgastaron, las tomó prestadas del sombrero de un espantapájaros. Se las recortó y se las pegó a la corona del suyo, llevándolo hasta el final de sus días, que fue a los 80 años. Otro reverendo, Mr. Trueman, de Daventry, poseía varias rectorías con unos ingresos de unas 400 libras al año. Cuando murió, en la miseria, se descubrió que poseía más de 50.000 libras. Este reverendo, cuando era requerido por los parroquianos para administrar ayuda espiritual, pedía a la familia una loncha de tocino para acompañar a unos rábanos que había recogido de camino en sembrados ajenos. Nadie se lo negaba, pero cuando la señora se descuidaba, el clérigo cortaba otra loncha con una navaja que siempre llevaba, y se la metía en el bolsillo del gabán. Si visitaba varias casas, en cada una pedía algo de comer y birlaba otro poco, si podía. Cuando su ropa necesitaba remiendo, visitaba a una casa rica muy distante de su casa y en horas en las que la familia se veía forzada a pedirle que pasara allí la noche, lo que hacía gustoso. En su cuarto de invitado, el buen reverendo cortaba los hilos que sobresalían de las esquinas de las mantas, hilos con los que después remendaba la ropa.

Otro miserable célebre fue John Elwes. A éste le venía de familia, pues su madre se dejó morir de hambre hallándose en posesión de una fortuna superior a 100.000 libras. En una ocasión que John Elwes visitó a su tío, de la misma cuerda, lo hizo vestido con un gabán raído, medias con agujeros y hebillas de zapato oxidadas. Su tío alabó la vida virtuosa de su sobrino al verle así ataviado y se sabe que esa noche compartieron ambos una charla frente a un fuego encendido con una sola cerilla y un vaso de vino para los dos. Hablaron sobre la extravagancia y derroche de los tiempos actuales. Cuando tuvieron que subir a los aposentos, lo hicieron tanteando las paredes para ahorrar en velas. Cuando John Elwes heredó la fortuna de su tío, no dejó de caminar de una punta a otra de Londres para ahorrarse el chelín que costaba el carruaje, incluso en días de intensa lluvia. Llevaba este miserable sobre la cabeza una peluca que un mendigo había tirado a una charca y que él recogió. Cuando se le gastó el gabán, su puso uno de terciopelo verde de un antepasado muerto hacía mucho tiempo. Su aspecto, con la peluca mugrienta y el gabán de otra época, dio mucho juego al chismorreo.
            Pero quizá el caso más repulsivo fuera el del señor Dancer y su hermana, que a pesar de tener unas rentas de 3.000 libras al año, cierta vez que descubrieron una oveja muerta pudriéndose en una zanja, se la llevaron a casa, las despellejaron y con la carne, medio podrida, hicieron pasteles, viviendo de este solo alimento hasta que se acabó. Era tal la tacañería del señor Dancer que estando su hermana moribunda sobre un lecho de harapos, se negó a comprarle medicamentos o solicitar un médico. Su argumento era: ¿Por qué he de gastar dinero en contravenir los designios de la Providencia? Si el tiempo fuera venido moriría a pesar del gasto, y si Dios dispusiera no llevársela, ella misma se curará. Tan miserable era que a su perro Bob, por el que profesaba un gran cariño y le daba una pinta de leche al día, al ser éste acusado de matar algunas ovejas, le llevó a un herrero y le rompió todos los dientes, para evitar tener que pagar indemnizaciones por las ovejas que pudiera matar.
            ¿Qué más se puede decir de estos miserables que no muestre el ejemplo de su conducta? Y encima, los muy desgraciados suelen ser longevos e inmunes a la carne putrefacta, como hemos visto. Sirva su ejemplo, ya que no para otra cosa, para evitar su imitación, o su amistad. Qué se pudran.

Zaragoza, 23 de mayo de 2018

miércoles, 18 de abril de 2018

La muerte es lo normal


La mayoría de las personas que alguna vez han existido, están muertas. El 99% de las especies que alguna vez han pululado por el planeta Tierra, están extinguidas. Incluso lo vivo, lo que hoy está vivo, tiene una esperanza de vida ridícula en comparación con cualquier tiempo histórico, y no digamos geológico o cósmico. Lo natural, entonces, es lo muerto, lo extinguido. Esta constatación debe llevarnos a la reflexión, y de ahí a la humildad, y de ahí a la tolerancia. Humildad como la del poeta Omar Jayyam: “Mi venida no fue ningún beneficio para la esfera terrestre; mi partida no disminuirá su belleza ni su esplendor”. Morir, desplazarse hacia el gran vacío, en eso consiste nuestra existencia. El tiempo que se nos regala es escaso y aún así lo dedicamos al odio, al enfrentamiento, a hacer la vida imposible al prójimo. En vano cantamos, fuertes y ligeros, olvidando que somos todos hermanos en la muerte. Todas las calaveras son de la misma especie. Los negros también tienen la calavera blanca. Todos resucitamos en los gusanos que nos comen. Citaba Heidegger una homilía medieval que rezaba: “Tan pronto como un hombre entra en la vida, es ya lo bastante viejo para morir”. Casi todos los filósofos, antes o después, se han detenido a cavilar sobre la muerte. Unamuno fue uno de ellos. Decía este vasco salmantino que morimos de frío, no de oscuridad, y pedía calor, más calor, no luz, como exigía Goethe. Ay de aquel que no piense en la muerte, pues la muerte no deja de pensar en él. Y más tarde o más temprano se verá obligado a tenerla presente. Es inevitable. Puede consolarse diciéndose que no agonizará solo, que en su hora habrá un coro de agonizantes que sufrirán el mismo trance. Pobre consuelo, pero frente a la muerte todos los consuelos son pobres. E inútiles.

Zaragoza, 18 de abril de 2018

miércoles, 11 de abril de 2018

Definir la eternidad


¿Cómo puede un cerebro finito, muy finito, dar cabida a un concepto tan grande como es la eternidad? ¿Puede algo contener una cosa más grande que ella? Sí, si esa cosa es un concepto, una idea, una definición. Pero aún así, la definición, aunque sepamos qué queremos decir con ella, no está del todo clara. ¿Cómo explicar la eternidad? Hay que recurrir a ejemplos, algunos escalofriantes, como el imaginar una esfera de hierro del tamaño de la Tierra y una hormiga recorriéndola sin parar. Pues bien, cuando el constante caminar de la hormiga desgaste la bola de acero por completo, ni siquiera habría comenzado la eternidad. Este escalofriante mecanismo aparecía en las torturantes historias de los sacerdotes cuando querían inculcarnos a los niños la duración de las penas del infierno. El problema para concebir la eternidad, que es esencialmente no‑tiempo, estriba en que tenemos que hacerlo desde una base temporal, desde nuestra innata noción del tiempo. Pero, ¿cómo concebir el no‑tiempo desde el tiempo? Difícil. Podríamos tirar por la calle del medio y decir, con Francisco Umbral, que la eternidad es cal y fosfatos. O parodiar a Borges y afirmar que lo eterno está en el bifurcarse de los caminos. O recurrir a la biología y consolarnos pensando que la eternidad, la inmortalidad, es un mero asunto de replicación individual. Si nosotros no podemos ser eternos, que lo sean nuestros genes. Pero estos conceptos y soluciones están pensados más bien para la eternidad entendida como fama duradera, como posteridad. Pero la idea que da vértigo es la otra, la inmortalidad en sí y para sí, el concepto metafísico de soledad sin mengua que asusta a los filósofos. Pero de este tipo de eternidad sabemos poco. Nosotros no somos tan incautos como ese personaje de Joseph Heller en su novela Catch 22, que decidió vivir para siempre o morir en el intento. Ni siquiera sabemos si sería deseable la eternidad. Lo que sí sabemos, gracias a Rilke, es que de la eternidad no hay salida (Aus dem Ewigen ist kein Ausweg), lo que debería decidirnos a renunciar a ella. Eterno no hay más que la eternidad.

Zaragoza, 11 de abril de 2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Nostalgia de la barbarie


Para Freud la civilización se basa en la represión de los instintos. Cuanto mayor la represión (los escandinavos, tan nórdicos, tan sin rabietas, tan duchos en saber comportarse) mayor el grado de civilización. Pero la represión de los instintos tiene un coste: las enfermedades somáticas, la tristeza, la depresión, el suicidio. Un italiano del sur que arroja el contenido del cenicero de su coche en la vía pública, se cuela en la cola del supermercado y no paga un impuesto si no le viene impuesto, no necesita ir al psiquiatra y sus posibilidades de auto-inmolarse son escasas. Pero un nórdico, un hijo de Ibsen, un hombre capaz de guardar una colilla en el bolsillo hasta encontrar un cenicero homologado, ese hombre necesitará, más pronto o más tarde, ayuda psiquiátrica o acabará despeñándose por un fiordo. Es el precio de la civilidad. Aunque hay quienes aseguran que los individuos civilizados no son los productos de una civilización sino su causa. Lo que vendría a significar que el nórdico del ejemplo, junto con sus conciudadanos, ha sabido crear una sociedad a su imagen y semejanza, o sea, una civilización. La verdad es que el argumento tiene su lógica. Ya decía Baudelaire que la civilización nos está en el gas, ni en el vapor (ni en el teléfono móvil, ni en usar Facebook, actualizo) sino en la disminución de las huellas del pecado original. Bien, pero no olvidemos, como decía Ortega, que al fin y a la postre el hombre civilizado es hijo del bárbaro y nieto del salvaje. Estos salvajes que, como los indios de Canadá, comen cuando tienen hambre, pues no conocen otro reloj que el apetito, no conocen la propiedad ni la envidia, desdeñan el dinero, eligen jefes sin privilegios y consideran ridículo obedecer a un semejante. ¿Salvajes? ¡Ah, la nostalgia de la barbarie! Quizá más que una visión del mundo, la civilización sea un mundo, o muchos mundos, y no haya que medirla sólo por los avances tecnológicos o la represión de instintos.

Zaragoza, 4 de abril de 2018

miércoles, 28 de marzo de 2018

La familia


En los días navideños se oye hablar demasiado de la familia, la familia se reúne, la familia se da regalos, la familia contempla unida la estupidez televisiva que infecta las cadenas por estas fechas, juntas comen las uvas y prometen cambios en sus vidas. Menos mal que las fiestas se terminan y uno puede ya olvidarse de la familia, de las promesas, de la buena voluntad para con el prójimo y volver a ser el egoísta de siempre. ¡Qué felicidad! Decía Santayana que la familia es una de las obras de arte de la naturaleza. Santayana no se casó, por lo que se libró de tener suegras, cuñados, yernos, etc. Tampoco tuvo hijos. Él contemplaba este arte de la naturaleza como quien visita un museo, a través de las ventanas de las familias ajenas. Así, cualquiera. En el otro extremo, los árabes tienen un dicho que reza: Un mal pariente es un alacrán. El pueblo árabe es uno de los que más se han ocupado de asuntos de la familia, entre ellos los vínculos familiares siguen siendo muy fuertes. Como ejemplo, sírvannos esta historia:

Entre los prisioneros de guerra que Al Hayáy tomó en sus conquistas, había una mujer árabe que cayó prisionera junto con su esposo, un hijo y un hermano. Al Hayáy le dio a elegir a uno de los tres para salvarle. La mujer respondió: “Esposo no me faltará y aún podré tener hijos, pero ¿dónde conseguir un hermano?”
Conmovido el general muslim por la sabiduría que encerraba la respuesta de la prisionera, ordenó la libertad de los tres.

Pero los árabes también poseen un dicho, algo ambiguo, que dice: ¡Cuántos buenos hijos tenemos que no hemos engendrado nosotros! No sé si se refiere a la infidelidad femenina o a la fraternidad que debe reinar entre los miembros de la tribu. Da igual. Lord Byron, en sus memorias, dejó escrito que si algún día tuviera un hijo varón, le daría la educación más prosaica que pudiera: sería jurista o pirata. ¿Y cuál es la diferencia? Esto de tener hijos, sin embargo, no está bien visto por algunos intelectuales. Cioran, por ejemplo, decía que todos los padres son irresponsables o asesinos, pues en su opinión sólo los animales deberían dedicarse a procrear. Otros, como Aleister Crowley, prefería no esforzarse: “Mi familia son los grandes hombres del pasado”. Ah, pero ¿se puede elegir?

Zaragoza, 28 de marzo de 2018

miércoles, 14 de marzo de 2018

En torno a la cultura


La cultura es un término de origen latino, cultura era el cultivo del campo, que luego se aplicó al cultivo del espíritu (cultura animi), arar y sembrar los surcos del cerebro para que den mieses de conoci-mientos, cosechas de pensamientos. Hoy se ha olvidado este origen humilde y pecuario del término y se entiende por cultura desde el contenido de la ciencia en su valor intelectual, los intentos de explicar el universo o la suma de influencias recibidas. Para Sánchez Ferlosio la cultura es un invento del gobierno. Luego están los que distinguen entre alta y baja cultura (como la costura) o cultura humanista y científica, olvidando que si algo debe tener una capacidad de valoración global es la cultura. Porque la cultura no pertenece en exclusiva a ciertas áreas geográficas, ni dentro de ellas a una clase económica o educativa; la cultura ha de ser de todos, en todos y para todos, o no será. Pero siempre saldrá un chistoso que me dirá que si añado “educación” a Atila el huno, no conseguiré un filósofo como Platón sino un conquistador como Gengis Khan. Esta concepción parte del hábito de creer que cultura es conocimiento enciclopédico, esa cultura en la que creen los intelectuales pálidos y sin aliento, sonámbulos de la historia. Porque si a Platón le quito su instrucción no consigo un bárbaro, sino un ciudadano cumplidor de las leyes y participe todavía de la cultura de su pueblo. Otra opinión crítica con la cultura aduce que la cultura envejece al individuo, refrena su vehemencia juvenil al someterle a normas estrictas. A esta opinión responder usando un escolio implícito de Nicolás Gómez Dávila: “Cultivado es el hombre que no convierte la cultura en profesión”. Para finalizar, creo que deberíamos hablar menos de cultura y ayudar a crearla.

Zaragoza, 14 de marzo de 2018

miércoles, 7 de marzo de 2018

La época de la información


¿Qué une a las dos personas de la imagen, separadas por, estimo, tres generaciones? La información. Ambos escuchan, ambos están procesando información. Un estudioso de la información, Norbert Wiener, dijo que la información sólo es posible como transmisión de alternativas. Si lo que se transmite es una contingencia (hace frío, siendo invierno), es mejor (menos costoso), más eficaz, no transmitir nada. La información gana a medida que gana en rareza. Por ejemplo, decir que los bancos abusan de su poder no dice apenas nada, pero si se informara que los bancos reparten sus beneficios entre los pobres, el valor de la información transmitida es casi infinito. Hoy el mundo es casi información. Hoy nos alimentamos de información. La información es aquello para lo que se lucha y sobre todo lo que se lucha. La próxima guerra se dirimirá entre centros de información. Ya lo auguró John Von Neumann: “Estoy pensando en algo más importante que las bombas. Estoy pensando en los ordenadores”. Los ordenadores son información. Por este súbito poder conferido, la información suscita recelo. Es quizá por ello que la información (su libre transmisión) esté prohibida en más de medio mundo y falseada en casi la otra mitad. Aunque en nuestra era tecnológica el peligro con la información está tomando visos no previstos: el peligro no es hoy tanto la falta de información como la superabundancia de la misma. Desde todos los medios se nos bombardea con información de todo tipo. Hoy es más esencial que nunca saber discernir la información relevante de la que no lo es, desechar la basura sin tan siquiera mirarla, un filtro que impida que sucumbamos al tsunami de bits que nos inunda cada día. Anunciaba R. A. Wilson, analizando la tendencia histórica, que para el año 2010 la información se duplicará cada día. Hoy, en 2018, se triplica. Sí, la información es el tirano del mundo moderno. Opongamos a su omnímoda avalancha nuestra mayor capacidad de discernir. Así sea.

Zaragoza. 7 de marzo de 2018

miércoles, 28 de febrero de 2018

Locos por el psicoanálisis


Durante una huelga del carbón en Inglaterra, un psicoanalista que trabajaba en calidad de experto para el gobierno de la señora Thatcher fue enviado a la región para tratar de averiguar qué motivaba las protestas de los mineros. Este experto en mentes dio al gobierno la siguiente explicación: el minero trabaja con un pico, que es un símbolo fálico. ¿Y contra quién empleaba ese símbolo? Contra la tierra que es su madre. Y eso era, en opinión del experto en mentes, lo que desencadenaba en los mineros las pulsiones que les impedían trabajar. La psiquiatría es una geografía del desorden mental, pero un desorden que, por lo que muestra el ejemplo de los mineros, se da tanto en el paciente como en el médico. A los mineros quizá les conviniera la drástica solución de un psiquiatra iconoclasta que curó el complejo de Edipo de su paciente haciendo que éste yaciera con su madre. Así de sencillo.
Decía Mario Bunge que la psiquiatría era una contrarrevolución devastadora. Aplicada esta explicación al asunto de los mineros ingleses, no podía ser más certera. ¿Pero es todo negativo en el psicoanálisis? ¿Es el psicoanálisis, apenas, una lingüística aplicada, como sugirió Lacan? Karl. R. Popper se negaba (y otros muchos) a darle a estas teorías la categoría de ciencia, pues sus teorías no eran falseables ni podían hacer predicciones susceptibles de ser contrastadas. Y es que su base teórica, tanto en Freud como en Jung, sus dos pilares, no son los hechos empíricos, ni las matemáticas (¿se imaginan unas matemáticas que modelizasen la ablutomanía?), sino los mitos y la literatura. En la obra de Freud, como bien señala George Steiner, se le da categoría de prueba clínica a textos de Sófocles, Shakespeare, Rousseau, Ibsen, Balzac, Dostoievski, etc. Se basa, en suma, de una “auctoritas” literaria, no científica. Es por ello que el psicoanálisis puede afirmar que Caifás es una zarza, Pilatos una caña, y Alarico un volcán “de la garganta escarlata”. Puede que como dijera Adorno, la única verdad del psicoanálisis sean sus exageraciones.

Zaragoza, 28 de febrero de 2018

miércoles, 21 de febrero de 2018

La educación sexual


La educación sexual en los colegios sigue tan gazmoña como en nuestros tiempos. En mis tiempos nos hablaban de las abejas, el polen y la flor. En algunos colegios de monjas y curas, ni siquiera disfrutaban de esta gazmoña aproximación. Ese capítulo se saltaba. El sexo no existía. Y así nos pasó, que tuvimos que descubrir el sexo a través de amigos mayores que tampoco lo tenían muy claro y que te hacían dudar sobre si nos estaban instruyendo o desanimando. Cuando uno se entera de cómo se fabrican los niños, mira a sus padres de una forma diferente, como a unos viciosos. Y por las noches procura no escuchar, por si les da por fabricar un hermanito. Casi peor era el trauma de saber por dónde salían los niños al mundo. Alguno, escandalizado, exclamaba: ¿Quieres decirme que los mean? Yo, debo confesar, me enteré de la forma en que venían al mundo los bebés por una película que se titulaba Helga, que estrenaron en Bilbao y fue un éxito de taquilla sin precedentes. Más que película era un documental sobre el proceso de gestación y nacimiento de un niño, y en él vi por primera vez una vagina y mi primer parto. Y claro, quedé impactado. No sabía que venían así, por ese conducto, no podía imaginar que algo que creía sólo destinado al placer pudiera dilatarse hasta permitir salir un cuerpecito sanguinolento y pringoso. Lo dicho, fue un éxito de taquilla en el tardofranquismo. ¡La de explicaciones de clase que se ahorró la clericalla! Hoy, por los libros que veo de mi hijo, hay dibujos explícitos, pero aún observo cierta gazmoñería textual. Y los hijos siguen sin querer hablar de ello con los padres. Prefieren informarse a través de los amigos. Todavía les queda esa vergüenza que se hereda en la memoria genética de los que hemos estado tantos siglos sometidos al catolicismo. Ahora, además, tienen Internet. En una peli porno se aprende más sobre el sexo que en una charla con tu padre y tu madre. Hoy, época de ciencia y tecnología, bien pudieran los enseñantes utilizar para este fin la jerga científica que muestra la ilustración.

Zaragoza, 21 de febrero de 2018

miércoles, 14 de febrero de 2018

Medalla de oro en corrupción


¿Para cuándo una entrada en el libro Guinnes de los récords para el país con más chorizos por metro cuadrado? Nadie nos quitaría la primacía. Ni siquiera Italia, otrora primera en este singular deporte, podría competir contra nuestros excelentes y abundantes chorizos. A esta primacía ha contribuido la gran aportación a este deporte hecha por la clase política, que ha dejado pequeños a los anteriores practicantes: especuladores y banqueros. Es tal la desmesura de corrupción y latrocinio en este país, que la mafia y camorra italianas se han instalado en nuestras costas, donde ven más porvenir y se sienten “como entre hermanos”. Detrás de ellos han venido las mafias rusa, rumana, albanesa. Todos quieren aprender a robar a lo grande y saben que aquí, y más precisamente en la costa levantina, están los mejores profesionales. Además de darse las condiciones más idóneas para practicar este deporte: leyes con lagunas inmensas (lagunas donde navegan los yates de los poderosos), policías que miran hacia otro lado, concejales amigos de las regalías y el agasajo, jueces prevaricadores, catedráticos de derecho prestos a dejar sus clases para atender como se merece al narcotraficante o malversador. ¿Qué más se puede pedir? El clima. Eso también influye. Y restaurantes donde permiten fumar contraviniendo la normativa vigente, concesionarios de coches con potencia tres veces superior a la necesaria para sobrepasar el límite máximo de velocidad permitido, chalets en playas protegidas o construidos en paisajes que debían preservarse para especies en peligro de extinción, campos de golf en territorios donde hay escasez de agua, mega-burdeles donde saciar los apetitos libidinosos, mano de obra barata traída en pateras para abaratar los costes de construcción. Todo lo conquistan: montes, valles, riberas, aguas, aires, ardores. En fin, lo tienen todo. Y también descaro. Y palmeros. Si no es un partido político conservador el que apoya la libertad de inversión en ciudades que duplicarían o triplicarían la población original, son los trabajadores de las mismas obras quienes van de manifestación en defensa de su empleador. Tienen hasta un santo patrón, un mártir y guía en su benéfico quehacer: San Jesús Gil y Gil. Por no hablar de la cobertura mediática. Todos los chorizos pueden expresarse libremente y en horas de máxima audiencia gracias a los desvelos de los principales medios de comunicación, que son suyos. Qué país, dios mío. ¡Vivan las cadenas… de televisión!

Zaragoza, 14 de febrero de 2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

Vivir de la literatura


¿Da dinero la literatura? Obviamente a las editoriales sí. Cada vez hay más y cada vez se clasifican más los libros publicados en función del número de ediciones, vulgo rentabilidad. Hoy los géneros más rentables son los libros de autoayuda, verdadera alquimia que transforma la basura en oro, el libro histórico (sobre todo si aparecen números misteriosos, sábanas santas y claves secretas), el de aventuras fantásticas y el folletinesco. Los libros de espionaje y policiaco también dan dinero, pero el autor ha de llevar apellido anglosajón o sueco. En el extremo opuesto están los géneros que no dan dinero, como la poesía o el libro de teatro, que viven de subvenciones. Poco dan también los libros de literatura pura, o literatura con mayúsculas, libros que pretenden seguir la tradición de Kafka, Joyce o Flaubert, o esos otros libros para los enamorados de la minucia gramatical, incluso esos libros que diminutizan los gerundios. De vez en cuando uno de estos libros consigue destacarse, pero no suele sacar de pobre al autor. El autor de literatura “seria” (y sobre la propiedad de esta denominación hay muchas opiniones, obviamente), para distinguirla de la que va enfocada exclusivamente a vender (ojo que no quito mérito a estos libros, escritos en su mayoría con oficio, y que seducen a los lectores, fin loable en sí mismo, pero…), debe combinar su labor literaria con oficios mejor remunerados: periodismo, libros de encargo, guiones de cine, venta de seguros, etc. Las columnas de los semanarios y dominicales son un buen ejemplo de ingreso extra, aunque también suelen estar monopolizadas por los escritores de éxito. No obstante los reparos, hay que reconocer que nunca como en nuestra época ha podido conseguir el escritor un nivel de remuneración tan alto. Nunca se ha publicado tanto, pese a los agoreros de Internet. Nunca se había leído tanto. No se trata de llorar, como esos que dividen la literatura en dos, la mala que es ilegible (se lee mucho) y la buena, que no se lee. No, ya no son tiempos en los que se podía decir: “Si la literatura puede enriquecer a uno, es únicamente a condición de que uno abandone la literatura”. La literatura, sea comercial o no, tiene hoy muchas más salidas que antaño. Y el que acuda a ella sólo por dinero, sabe qué asuntos debe tratar y cómo. Sus ejemplos están ahí, todos los conocen, todos los compran. Pero si no es eso lo que buscamos, puede que la literatura no nos dé para vivir, pero nos hará vivir. Aclaro, por último, que cansado de que ninguna editorial quiera publicar mis libros, he decidido escribir para la posteridad. “Quedan advertidos”.

Zaragoza, 7 de enero de 2018