El poder de los
estereotipos. Hoy sería impensable presentar a Jesús de Nazaret como un hombre
lampiño de 1,60 de altura. La iconografía impone unos rasgos que hoy sería
dificilísimo de cambiar. O un Jesús con rasgos semitas, que es lo que era, que
se pareciera, por ejemplo, a esos árabes que pululan por los barrios pobres de
nuestras ciudades. Impensable. ¡Pero si he visto dibujos y pinturas de un Jesús
con ojos azules! Ningún católico sabría sustraerse a esa figura icónica,
arquetípica, pese a ser cierto que, de haber existido, su figura distaría mucho
de esos retratos que muestran su sagrado corazón. Sería como la gente de su
época. Podría tener el pelo rizado y la nariz de Shylock. Ser bajito, ir
arrastrando la túnica, tener callos en los pies, limpiarse los mocos con la
manga de una túnica no muy limpia. Pero nuestros católicos, o los cristianos en
general, no admitirían un Salvador que no se ajustase a ese tipo de melena y
barba, guapo, elocuente, supuestamente de 1,80 de estatura. Eligen la improbabilidad.
Qué no les toquen su mito. Matarían por sustentar esa figura estereotipada.
¡Estúpidos! Pues lo tiene claro si aparece un Mesías y no aparenta la imagen
que se han forjado de él. Lo lapidarían, lo detendrían por delincuente y loco.
En fin…
