El
ejército es el paradigma de la unidad en lo gregario. El ejército necesita,
para constituirse, la eliminación de las voluntades de los individuos que lo
componen. Las técnicas para lograrlo son muy antiguas, y también eficaces:
vestimentas iguales, falta de privacidad, sumisión y obediencia sin rechistar.
Todo eso adornado con consignas y arengas y envuelto en razones extraídas de
sociologías chatungas. A un soldado de reemplazo le intimida la voz estentórea
de un oficial, su altanería o sus encorchados. Pero es puro teatro, pura
representación para impresionar a incautos. En el fondo el militar suele ser un
pobre hombre acomplejado, seguramente pésimo amante o esposo, mal padre y poco
inteligente. Hasta el punto de que hoy se reconoce que el concepto
“inteligencia militar” es un oxímoron, esto es, una contradicción de términos.
Para un inglés, bastarían las dos últimas sílabas de tan extraño término para
definir a un militar: moron. Todo el que haya tenido la desgracia de pasar por
el servicio militar puede constatar mis asertos. Yo tuve la desgracia. Y
constaté que la estupidez militar supera incluso a su maldad y a su
incompetencia, por mucho que estas cualidades abunden en los cuarteles. ¿O
quizás eran otros tiempos (mediados de los setenta)? Hoy el ejército quiere
lavarse la cara con misiones de paz en el extranjero o con tareas de ayuda
humanitaria. Pero para ayudas humanitarias ya están las ONG’s. ¿Por qué enviar
soldados, armamento y munición si pueden enviarse alimentos, medicinas y buen
talante? Sigo pensando que los ejércitos sobran. Pero no uno, el nuestro, sino
todos. Todos de vez, claro. Si no, sería dar ventaja al último que quedase, que
no podría dejar de aprovecharse de la situación e invadir al resto de países,
cándidamente desarmados. Si los ejércitos no existieran las disputas se
dirimirían platicando o a pedradas, que es, al fin, una forma de diálogo que
ocasiona pocas víctimas.
Zaragoza, 7 de
octubre de 2015
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