miércoles, 4 de febrero de 2015

Aprendiendo a nadar y guardar la ropa



Aprendiendo a nadar y guardar la ropa, en este caso el uniforme. La mano alzada, como para ver si llueve, no sea que el acto se desluzca. La juventud fuerte, sana y bien formada que les “ponía” a todos esos líderes nacionalsocialistas, nido de pederastas y mariconas vergonzantes. Temblaba su tejido epitelial si veían a un joven rubio, con jersey claro, el sol resaltando sus hebras de oro mientras cantaba una canción patriotico-bucólica. Hay una escena en la película Cabaret que muestra perfectamente lo que quiero decir. Tiene lugar en una cervecería al aire libre. La balada de un muchacho, su pelo rubio iluminando el día, hace que los corazones de los clientes, cien por cien alemanes, se levanten y, con miradas que no desenfoca el orgullo, se pongan a acompañar al chaval, brazo en alto, en salutación al sol que más calienta. Qué fácil es sentir la patria en tardes de oro frágil y cristal y primavera.
            Un bucolismo patriótico similar he visto a veces en Euskadi, en caseríos, en sitios rurales donde crece el roble. Al sonido del chistu y el tamboril, los aldeanos y los que no lo son pero comulgan con ruedas nacionalistas, ponen cara de casi llorar, un nudo se les sube a la garganta y varios “Gora Euskadi” se escapan como sin querer. El frontón, la pelota, el roble y el bacalao al pil‑pil. Creen no necesitar más. Y a tenor de su coeficiente intelectual, pueda que sea cierto. Claro que la foto de arriba tiene más ramas por donde descolgarse. La Fe y las Jons, el nacionalismo patriotero español, la Falange, la OJE, la FAES y todas las organizaciones cilicio con las que hemos tenido que hacer penitencia. O igual estoy siendo injusto y la fotografía sólo muestre una parte de un ejercicio gimnástico: ahora un brazo, el derecho, luego alzar el otro, así, alternando, derecho, izquierdo, derecha, derecha, derecha… ¡Heil!

Zaragoza, 4 de febrero de 2015

miércoles, 28 de enero de 2015

La simetría en el canto



La simetría en el canto. Toda música es proporción. Lo descubrió Pitágoras. Si esa proporción, elevada a simetría, la extendemos a los grupos corales, obtenemos el quinteto que muestra la fotografía. Sus alturas en escala reflejan una proporción que nadie duda imprimirán a sus melopeas. Una tribu musical del pez prolífico. Los grupos de hombres cantando, salvando los componentes de ciertos coros de ópera u otra obra clásica, son lastimosos. Lastimosos para el oyente. El orfeón es canto para borrachines fiesteros, para adictos a tabernas y concursos de habaneras. El ochote, un orfeón de barrio, música de vecinos reunidos en comunidad; muy apropiado para inaugurar ciclos políticos y tomas de posesión junto a árboles centenarios. Una nada unísona sonante que merece nuestro No de pecho. Pero el grado sumo de mal gusto, de música para sordos, es la estudiantina, con su peculiar estilo bufonesco, de botarga y cascabelón. Yo me pregunto seriamente, ¿habrá alguna persona en el mundo a la que le guste la tuna? Un tunante, vamos. Alguien con cerebro bordeando la línea anal. Para mí es la anti-música. Es triste. Cuando me suicide, si acaso llegara a tanto, me pondré “Clavelitos”, para así eliminar cualquier razón para quedarme. La música de tuna es música para holocaustos, propicia para acompañar el último chirrido de las esferas. Sólo debería estar permitida esta música para acompañar los entierros de los tíos ilustres… y sin testar a tu favor.
            La simetría, la escala, la proporción, todo parece indicado para la música. Y si es indicada para el “interior” de la música, su pura esencia, ¿por qué no para el exterior, para los ejecutantes? ¿No lleva todo hombre una proporción áurea en su cuerpo? Pues si a la proporción áurea individual se le añade la simetría o proporción de conjunto, armonía sobre armonía, miel sobre hojuelas, o pentagramas.

Zaragoza, 28 de enero de 2014.

miércoles, 21 de enero de 2015

La penitencia



La penitencia. El sacrificio. La promesa hecha a la virgen. La credulidad de la ameba, del protozoo. Estupidez congénita. ¿Existirá el gen del trascendentalismo, el cromosoma de la hiperdulía, siempre boba? La fe, creo que dijo Ramón Gómez de la Serna, es masticar sin dientes. La autoflagelación, la penitencia, el sufrimiento ofrecido a dios (cualquier dios) es como masturbarse con un estropajo. Todavía me llama la atención y me encabrita, y me asusta, cuando veo a penitentes auto flagelándose. Son masoquistas, sádicos de sí mismos, exhibicionistas hacia los que le observan, aunque el observador sea el dios en el que creen. En esos casos me gustaría ser un duende maligno y transformar las puntas de los látigos o los pinchos del cilicio en cuchillas de afeitar embadurnadas con curare. Y que murieran allí, en plena procesión de capirotes, o en su celda, entre estertores, una agonía lenta para deleite de cofrades o del dios que le observa en su camerino celestial.
            La señora de la foto habrá prometido arrastrase de rodillas hasta el santuario de su devoción, seguramente por un deseo concedido: curar a un hijo de un resfriado, que no se le cortase la mayonesa o que un sobrino suyo aprobara una oposición. O por expiar una culpa: una dejadez, una ausencia, un remordimiento. Ignora, no podía ser de otra manera, que el sacrificio no sirve para expiar la culpa. El sacrificio es la culpa, la única culpa.

Zaragoza, 21 de enero de 2014.

miércoles, 14 de enero de 2015

Los ancianitos amables



Los ancianitos amables. Los viejitos candorosos. Es casi un tópico el que los ancianos sean dulces, tranquilos y cariñosos, así como que los infantes sean inocentes, confiados y amorosos. De estos tópicos se valen las películas de horror donde los ancianitos no son precisamente angelitos arrugados o los niños se convierten en muñecos diabólicos. El contraste funciona. Pero si lo analizamos con mayor profundidad, no es infrecuente encontrar entre los muy mayores a seres avinagrados y rencorosos que se vengan de los más jóvenes o los más ágiles, sean estos sus hijos, vecinos o miembros del mismo asilo. Y de la crueldad de los niños saben bien los enseñantes (y los mayores que tenemos buena memoria de malas memorias). Saben de los niños matones y precoces que humillan y martirizan al débil o al tímido. Es moneda corriente en nuestras escuelas.
            Un ancianito armado, como los de la foto, es alguien contra el que precaverse. Debido al Parkinson, u otros temblores propios de la edad, es fácil que aprieten el gatillo y se les dispare la bala fatal.

Zaragoza, 14.01.15

martes, 6 de enero de 2015

Post mortem nihil



Ya lo dijo Séneca: “Post mortem nihil” (Nada tras la muerte). Pero la imagen del antropólogo mirándose en ese espejo llamado futuro, parece querer decirnos que algún día seremos cal y fosfatos. Morirás. Y si no, me matarán los médicos, los parientes, los políticos. Morirás. Porque no me queda más remedio. Morirás. No me importa, tengo seguro de vida. Morirás. Y ello me hace semejante a las estrellas, que también se apagan. Morirás. Valdrá la pena si con ello dejaré de oír las falsas promesas de sacerdotes y políticos. Morirás. Que sea en un minuto sin escándalo. Morirás. Pero lucharé, patalearé, blasfemaré. Morirás. Pero en mi agonía no habrá chamanes, ni escapularios, ni rezos, ni óleos. Morirás. Pero mis despojos servirán de abono para flores adunticias. Morirás. Pero no habrá báratro, ni Caronte, ni óbolo. Morirás. También lo harán quienes me entierren. Morirás. Pero lejos de la hiperdulía, siempre boba. Morirás. Qué sí, que ya lo sé, no seas pesada. Morirás. Y al que se quede que le den por cofa o bullarengue. Morirás. Pero que se cuide ese eonista con guadaña si no quiere ser diana de mis escupitajos. Morirás. Vale, hierofante tétrico, no te canses. Morirás. Más tendré longanimidad (eso espero). Morirás. Palinodia occidua que no me asusta. Morirás. Como morirá el quiliarca, los gerifaltes, los milites y los jerarcas. Morirás. Pero nadie podrá acusarme de haber sido novio de la muerte. Morirás. ¿Apostamos? Morirás. Vaya murga con la palabrita. Morirás. Ya he muerto, cállate.

Zaragoza, 7 de enero de 2014