lunes, 25 de mayo de 2020

Críticas eliterarias: Bukowsky y la priva


Críticas eliterarias

Bukowsky y la priva
(Análisis escatológico)

Si hacemos caso del erudito estudio de Boris Karl Off  Das Shicksal des Blödescheissenreklamen in das ewige Drunkenheit des Charles Bukowsky, la botella ha sido la musa principal de este insigne escritor norteamericano. Partiendo de un analfabetismo de barrio marginal, Bukowsky consiguió llegar a dominar un estilo literario propio de tenderos del Bronx. Crudo, directo, con innumerables faltas de sintaxis, este escritor hizo las delicias de una generación de lectores que estaban hasta los huevos de la estirada intelectualidad neoyorquina que orbitaba alrededor de revistas como The New Jamonyorker y The Highbrow Top Magazine. Un reciente análisis del crítico Mark O’Polo (The four litter words in the little works of “bugger” Bukowsky) demuestra que la palabra “fucking” ocupa un 12,4 % de toda su obra, seguida a poca distancia de las palabras “shit” y “bugger”. Curiosamente la palabra “remuneration” la utiliza una sola vez. Parece confirmado por sus vecinos y sus editores que Bukowsky pasaba la mayor parte del día colocado y que tenía por costumbre ponerse a escribir después de una buena paja. Expulsado de cuatro barrios debido a los escándalos nocturnos que propiciaba (en uno de ellos, pedo total, destrozó todas las ventanas del vecindario con una metralleta comprada esa misma tarde en el supermercado) y de cuatro editoriales por haber falsificado varias novelas de autores conocidos, novelas a las que ni siquiera cambiaba el título (un editor afirma que su versión de El ruido y la furia, de Faulkner, salía mejorada a causa de haber interpolado aquí y allá unos cientos de “fucking” y “shits”, no así su falsificación de Las bostonianas, de Henry James, por no ser propio el uso de “bugger” entre señoritas), Bukowsky se refugió en una caravana que emplazó en un descampado a las afueras de Lemmon Grove, un pueblo de mierda pero con una fábrica de cerveza y varias destilerías clandestinas de licor de cacahuete. Sometiéndose a una dieta de licores, cervezas y hamburguesas revenidas, Bukowsky consiguió escribir sus más importantes obras en esta caravana: La máquina de dar por culo, Chúpala y cállate, y su magistral libro de poemas Blenorrea, un canto a la penicilina, poema de un lirismo rayano en el vómito profiláctico. Aprovechamos esta recensión para advertir al lector que no es cierto que su libro Mierda puta tuviera manchadas las tapas con excremento humano. El hedor que emanaba del libro era producido por cierta mezcla de perfumes que imitaban el olor de la mierda y que se incluyó, por expreso deseo del autor, en la pasta de celulosa que sirvió para producir el papel. Estas genialidades de este controvertido autor sirvieron para mitificarlo entre una juventud ávida de impresiones nuevas. Ahora, a diez años de su muerte (quizás doce, o quince, no lo sé), Bukowsky vuelve a ser actualidad al haberse descubierto un libro inédito entre las bolsas de basura que legó a la biblioteca municipal. Compuesto sobre papel de higiénico, usado, narra las peripecias de un onanista con tendencias sodomitas que se coloca en una tienda de sanitarios. El final, donde el protagonista es empalado con la escobilla del inodoro, es ejemplar al cuantificar los deseos reprimidos del propio Bukowsky y resumir su propio mundo iliterario.
         La reciente decisión del ayuntamiento de Cincinati de crear el museo Bukowsky será de gran ayuda para entender mejor la obra de este autor. El museo cuenta ya con varios calzoncillos sucios del autor donados por su tercera ex mujer así como con otros objetos genuinamente suyos: latas arrugadas de cerveza, piltras de varios porros a medio fumar, un orinal con cerco, una cortina con costras resecas a causa de limpiarse el miembro después de sus masturbaciones, arandelas de metal para utilizar en los teléfonos públicos, etc.
         Bukowsky logró fundir la lírica escatológica con la praxis literaria al uso, originando una síntesis de poeta picapedrero de alto poder evocador. En este décimo (o décimosegundo, o decimoquinto, yo qué sé)) aniversario de su muerte por sobredosis etílica, queremos dedicar un agradable recuerdo a este hijoputa bastardo y jodido escritor de mierdas amariconadas: ¡Salud, cabrón!


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad

lunes, 11 de mayo de 2020

Críticas eliterarias: Aprenda Búlgaro en 9 semanas y media



Críticas eliterarias

Aprenda Búlgaro en 9 semanas y media
(Análisis cunnilingüístico)


Editado a todo lujo por la Exquisita Escuela Búlgara de Cunnilingüismo, se presenta en el mercado editorial español esta exótica guía para aprender uno de los idiomas de moda en Europa... en el siglo XII. Este manual combina por primera vez fotos de gran resolución y texto para  aprender idiomas, novedad que no pasa desapercibida al lector, a no ser que estudie en braille. Las modelos que han posado para las diferentes lecciones son todas de primera, bellezas elegidas de entre los principales locales de top less y burdeles de lujo de Sofía. Sofía Vulvona es la principal de ellas, quien en postura vulvona nos enseña las primeras expresiones en búlgaro: “Mira que coñito”, “Acaríciame, cariño”, “Son cinco mil levas, tesoro”. Desde la sencilla frase “ábrete de piernas” hasta la más complicada de “chúpate ésta”, la guía ofrece un sencillo método de aprendizaje. Ayudándose de traducción simultánea (debajo del texto búlgaro se escribe el español, aunque existe la posibilidad de cambiar de postura y existen ediciones donde el español está encima, o de lado, siempre al gusto del consumidor) y con fotos que muestran las posturas adecuadas al diálogo, los lectores masculinos sólo tienen que ir pasando las páginas con la mano libre. A título de ejemplo expongamos las conversaciones correspondiente al capítulo dedicado a la orgía: “Pásame ese consolador”, “No me la metas por ahí que estoy con diarrea”, “Mientras hay lengua, hay hombre, tía”, “Chúpasela a tu padre, maricón”, “No papá, no me apetece ahora”. Más no todo es tan directo. En el libro también caben expresiones románticas, como la siguiente: “Túmbate, creo que te amo”. Al tiempo que se aprende los fundamentos de una lengua de origen lindoeuropeo hablada por más de un millón de empleadas del folgar, los nombres de las diferentes posturas adoptadas por las modelos nos adentra en los recónditos parajes del cuerpo lingüístico de la cultura del país. Al final del libro existe un apéndice con la lista de los locales de Bulgaria donde poder practicar las enseñanzas de la guía, las tarifas de los principales servicios y un cuadro conteniendo los cambios de las principales divisas y las tarjetas de crédito normalmente admitidas. En nueve semanas, más tres días aproximadamente (cuatro días los muy torpes), un hombre que no haya entrado en el climaterio puede aprender el suficiente búlgaro para que no le vendan una moto cuando lo que ha pedido es una mamada o para regatear en cualquier puticlub de Sofía. Existe, para analfabetos, una edición que suprime la letra y muestra sólo las imágenes. No obstante, se recomienda la edición con texto, pues el texto, en caracteres cirílicos, añade morbo a la cosa. Personas que han aprendido búlgaro con este método avalan su utilidad y aseguran que es ideal para visitar los puticlubs del país, sobre todo si se porta el libro y se le indica a la tía de turno el servicio que se requiere, numerado para facilitar la comprensión.
         Esta obra obtuvo por unanimidad el premio “Coitus Tuus” que otorga el Vaticano al libro más pecaminoso del año.
         No recomendable para menores de 18... centímetros.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad

lunes, 27 de abril de 2020

Críticas eliterarias: Archipiélago Gulash


Críticas eliterarias


Archipiélago Gulash
de
Alexandr SolzeNietzsche

Terrible documento de la realidad sociogastronómica húngara bajo la órbita dictatorial de la URSS. El escritor Alexandr SolzeNietzsche, más pacá del bien y del mal yantar, describe su terrible peregrinaje por los más lóbregos centros restauradores del país de los manjares magiares. Castigado por disidente (atreviose a dudar del carácter curativo del Rusario de la Aurora) a visitar todos los comederos de Hungría y hacer un informe de sus especialidades culinarias, Alexandr SolzeNietzsche recorrió el país armado tan solo con un par de cubiertos, una servilleta y doce permisos oficiales para coger tranvías, hospedarse, usar retretes públicos, acceso a lavativas gratuitas en centros de la Seguridad Social Proletaria, etc. Ni una simple guía Michelinka, de esas con estrellas rojas. A los cuatro meses de peregrinaje gastronómico Alexandr SolzeNietzsche descubrió dos cosas: que su estómago no era tan resistente como creía y que su subconsciente (catalogado de subversivo) odiaba el gulash. En todos los locales donde acude a probar la comida le obsequiaban con el mismo manjar: gulash. Y todos los gulash le sabían igual. La ventaja de la monotonía culinaria era que sus informes podía realizarlos simplemente fotocopiando el anterior, necesitando tan sólo cambiar el nombre del local y la población. Como entre digestión y digestión le quedaba mucho tiempo libre, SolzeNietzsche le dio al magín y llegó a la conclusión de que para aguantar la aberración gastronómica del Hungría, hundida en una desmotivadora uniformidad culinario‑comunista, se necesitaba ser un superhombre con superestómago. Compuso en su peregrinar un libro que tituló Archipiélago Gulash, y subtituló Así comió Zaratustra, libro que, con buen criterio, no se atrevió a enviar a ningún editor oficial, pues no quería pasarse el resto de su vida olisqueando figones. Pero con el mismo buen criterio envió el manuscrito a Suiza, a la editorial Geld für Uns, donde lo publicaron bajo nombre supuesto, su  puesto, por supuesto, resguardado por ese oportuno anonimato.
Impresionante testimonio de este super húngaro condenado a vagar por el Archipiélago Gulash durante casi diez años. Vegetariano impenitente desde entonces, Solzenietzsche prepara en su exilio suizo (los dineros de su obra le permitieron costearse un viaje de ida a occidente) una obra sobre su reciente periplo gastronómico por restaurantes franceses y a la que pretende titular País Croissant.
El prólogo de esta edición de Archipiélago Gulash, a cargo y abono de Karlos Arguiñato, pone un tono de optimismo y colorido culinario a la triste y monótona obra de SolzeNietzsche. Editado por Alfalfaguara, se recomienda tener bicarbonato a mano durante la lectura de esta obra. Libro no recomendable para aquejados de hernia de hiato.

Lambert O’Really

Crítico de su Majestad

lunes, 13 de abril de 2020

Críticas eliterarias: Sherlock Holmes o la heroína y el héroe



Críticas eliterarias


Sherlock Holmes
o
la heroína y el héroe

Sabido es su afición por cierta droga del más preclaro de los detectives habidos. No es extraño que en sus obras este adalid de la investigación interrumpa sus chirridos de violín para coger la goma, el polvo blanco y la hipodérmica. Después de la toma es cuando toma esa actitud tan suficiente que deja al pobre Watson preguntándose What’s on? Y ahora, después del libro de Sean Connelly, La heroína como el sustento del antihéroe (Drog Barral, 1995), este personaje queda al descubierto al podérsele aplicar el argumento de drogadicción para su insistente perseguir maleantes por la ciudad. El autor se preguntó, ¿qué perseguía Sherlock por los docks de Londres y demás lugares de dudoso vivir? Y tras arduas investigaciones llegó a la siguiente conclusión: Sherlock perseguía a todos los camellos de la rivera del Támesis para poder satisfacer su adición al caballo. Esta debilidad era conocida por Scotland Yard, quienes en ocasiones le suministraban la alba sustancia a cambio de sus poder deductivo, resultando en beneficiosos éxitos para la policía británica, como en el caso del carbunclo desaparecido, que halló Holmes en el ojo del embajador de Lituania, pintado con iris y pupila, en lugar del habitual ojo de cristal del dignatario, pero que Holmes descubrió merced a su sagacidad: las mujeres no dejaban de admirar el ojo del embajador, lo que dio a nuestro detective la pista, pues las mujeres sólo tienen aprecio por las joyas y no por los órganos corporales, al menos de los que se ven. En el caso de los siete napoleones, fue Holmes quien descubrió que las estatuas escondían, tras una primera capa de yeso protector, cocaína pura proveniente de Colombia. Y todo gracias a que, estando con el mono, su síndrome le llevaba a acercarse a los bustos y lamerlos como un perro vicioso. Watson también relata en otro de sus casos (Estudio en escarlata), como Holmes, después de una dosis de material puro, descubrió al falso decorador real simplemente percibiendo por la decoración escarlata de su estudio de Regent Street, que éste era daltónico, y por lo tanto no era idóneo para seguir guiando los gustos en el vestir de la familia real. No obstante, la influencia de este falso decorador y estafador del gusto penetró tanto en la casa real de Inglaterra que sus descendientes poseen todavía un pésimo gusto a la hora de elegir sombreros.
         Watson se queja en sus memorias que Sherlock nunca le consultase como facultativo, que portase su propio botiquín, y que cierta vez que le preguntó qué eran esos polvos blancos que tenía en una bolsa, Holmes le respondiese que bicarbonato. Relata el ayudante del genial detective cómo de vez en cuando Sherlock se encontraba mal, tiritaba de frío y se excusaba para meterse en los servicios de Waterloo Square, u otra plaza de igual renombre, de los que salía totalmente recuperado y con ansias de seguir pistas. Tampoco llegó a sospechar nunca el buen ayudante cuando en el declive del detective, sin casos que llevarse al cerebro, su casa de Baker Street se convirtiese en punto de encuentro de gente rara y descuidada, sujetos sumidos en crisis de nervios, con ojeras y manga larga incluso en verano. Ahora se conoce que el genial detective se dedicaba a camello para poder financiar su propio consumo y que desde Baker Street lo mismo solucionaba la abstinencia de un colgado que hallaba el paradero de una esposa fugada, únicos casos que el vecindario atrevíase a encargarle.
         Sean Connelly muestra al héroe subyugado por la heroína, muestra al hombre necesitado bajo el disfraz de detective infalible, al individuo vencido que al final de su vida vendió por unas pocas dosis todos sus recuerdos a un periodista de fortuna llamado Conan Doyle. Descanse en paz el prototipo de investigador, huélguese en el Parnaso de los héroes junto a los principales suministradores del opio de los pueblos.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad

martes, 31 de marzo de 2020

Críticas eliterarias: Sin novedad en la frente



Críticas eliterarias


Sin novedad en la frente
de

Erich Marica de Marca


 Se reedita esta famosa novela bélica de Erich Marica de Marca. Su argumento es sencillo: Un hombre casado es destinado al frente y toda su obsesión se concentra en que su mujer no le engañe en la retaguardia. Para ello cuenta con la complicidad de un vecino amigo que se libra de ser movilizado por tener pies planos… y un cuñado general. Este pies planos está encargado de escribirle todos los meses al frente, en cada misiva una sola línea: “Sin novedad en la frente”. El soldado celoso, y alemán, en los ratos que dedica a no matar franceses, tumbado en la trinchera, espera ansioso la carta de su amigo pies planos. Cada misiva comunicándole que no tiene novedad en la frente le llena de alegría, mas ésta dura poco, pues enseguida espera ansioso la siguiente carta. Deseando ser herido para volver a casa y permanecer con su hermosa esposa, el soldado se arriesga en cada misión, pero la suerte le acompaña y no recibe ni un rasguño. Su única inquietud se ve reducida al contenido de la próxima misiva. Y ocurre que al cabo de dos años de recibir la carta que le aseguraba su honor, el correo se detiene. El soldado, que ignora la razón de tan súbito silencio por parte de su amigo, se llena de inquietud y piensa que éste no quiere comunicarle la mala noticia. Al final se convence de que ha sido engañado y pide un permiso de urgencia. Concedido el permiso, llega a casa y, sin mediar explicaciones, mata a su mujer en un ataque de celos. Luego se entera de que su amigo, pese a tener los pies planos, y debido a la falta de carne de cañón y a la muerte de su cuñado el general de un atracón de caviar en el frente ruso, había sido finalmente reclutado, enviado al frente occidental y muerto en su primer contacto con el fuego enemigo. Desesperado al darse cuenta de su precipitación, el protagonista decide suicidarse, pero entonces recibe una carta de su difunto amigo en la que le confiesa que en realidad él y su mujer se entendían...
Novela no apta para posguerristas celosos y cornudos de corte militar y pecuario. Publicada por El acantilado, el acantilado es el previsible destino de esta novela que ya no interesa ni a las porteras de noche.


Lambert O’Really
Crítico de su Majestad

lunes, 9 de marzo de 2020

Críticas eliterarias: El gen subnormal



Críticas eliterarias


El gen subnormal

De
Dick Dawkinson

En su nueva obra científica, Dick Dawkinson, eminente teórico de la evolución y neo-darwinista de pro, propone, documental y entretenidamente, que la evolución progresa debido a la “subnormalidad” intrínseca de nuestros genes, comportamiento que resulta contraproducente a la larga para la supervivencia de la especie.
Dawkinson se basa para su tesis en las respuestas empíricas a las siguientes preguntas: ¿Qué genes han prevalecido más dentro de las diversas especies? Y concluye que, de todos los genes, los que más han prevalecido, aquellos que han conducido a la especie portadora a dominar el mundo animal, son los genes humanos. ¿Y a dónde nos han conducido esos genes triunfadores? Nos han conducido al borde de la aniquilación por sobrepoblación y otros males producto de la codicia sin fin de sus portadores.
         El libro de Dawkinson demuestra que el dichoso gen provocador de la vanguardia evolutiva actual, el gen que nos ha llevado al borde de la aniquilación por razones de superpoblación, contaminación y proliferación de armas de altísimo poder destructor, posee una manera de reproducirse tan poco inteligente que por ello merece el nombre de “subnormal”. Veamos, nos dice Dawkinson, cómo se propaga este gen. ¿Quiénes hoy en día se reproducen más y más velozmente? ¿Son acaso los hombres más inteligentes del planeta: científicos, filósofos, artistas? No. Los grandes cerebros orgullo de la evolución son los que menos se propagan. Estas personas apenas si poseen descendencia o, cuando lo hacen, limitan a uno a dos el número de sus crías. ¿Quiénes son, entonces, los que más se reproducen? Está claro: los desheredados de la fortuna y de la inteligencia: seres miserables que habitan bolsas de pobreza, criaturas sin instrucción o conocimientos, ciudadanos sujetos a todo tipo de enfermedades y a indoctrinaciones acientíficas de corte fundamentalista. Occidente, esa parte del Globo con alto poder adquisitivo, cuyos países pueden proveer de educación a sus habitantes, así como medios dignos de vida, pierde poder de replicación. Su crecimiento vegetativo es negativo. Por el contrario, los países de Latinoamérica, África y Extremo Oriente, y dentro de estos continentes los más atrasados cultural e industrialmente, son los que poseen mayor poder de multiplicación. Eso hace que los genes de progenitores con cultura y portadores de cerebros desarrollados pierdan peso a favor de los genes de progenitores incultos cuyos instintos, sin brida cultural, se mueven al borde de la animalidad. Y a esos genes son los que llama Dawkins subnormales. Un gen egoísta pensaría en el bien de la especie, pues una especie fuerte redunda en su propio favor procreacional, y por ello debería procurar que se multiplicasen más los genes capaces de producir personas inteligentes y cultas, pues a la larga son estas inteligencias las que mejor pueden mirar por la supervivencia general. Sin embargo, son los otros genes, los que no tienen ni puta idea, los pertenecientes a los sectores menos favorecidos de la humanidad, los que prevalecen y los que a la larga ganarán en esta competición por la supervivencia. Y a corto plazo quizás no lo apreciemos, nos advierte el autor, pero a largo plazo está claro que la mayoría de los genes del futuro habrán tenido su origen en los citados pozos de incultura e ignorancia.
         Una vez planteado el grave problema con crudeza, Dawkinson nos propone una solución para salir de este proceso hacia la destrucción, para invertir esta tendencia desalentadora. La solución pasaría por no dejar el asunto de la reproducción en manos de los genes subnormales y tomar directamente cartas en el asunto. Para ellos el autor propone advertir del problema a las mujeres y cambiar su mentalidad. Son ellas, al fin y al cabo, quienes poseen el grifo de la procreación. El objetivo sería crear genes inteligentes en unas pocas generaciones. Se trataría de indoctrinar a las mujeres para que en vez de dejarse seducir por subnormales llenos de músculos o de labia y de especímenes “bien dotados” sexualmente por la madre natura, se entregasen por el bien de la causa de la humanidad a tipos intelectuales (como el propio autor, por ejemplo). Habría que pedirles que se dejasen deslumbrar, mejor que por el físico, por las dotes intelectuales, aunque estas no fueran acompañadas de tersos músculos ni de órganos reproductores de concurso; convencerlas de que, siguiendo con esta subordinación a la supervivencia, se rindieran al encanto de la cultura y que las pusiera cachondas, por ejemplo, una disertación sobre Baudelaire, un discurso sobre la fenomenología de Heidegger o una fórmula de física cuántica. Y ello sin parar mientes en las dioptrías o la halitosis del discurseador. Y que esas mujeres, sobre todo las más bellas, ejemplares de Play Boy y revistas culturales semejantes, estuvieran sólo a disposición de aquellas personas de probada cultura e inteligencia y desdeñasen al inculto y al penilargo, gente que debido a su misma incultura, son capaces de engendrar crío tras crío de la misma hembra. De esta manera, nuestros genes (yo, como renombrado crítico me incluyo en el grupo del autor), por variedad de continentes femeninos así lanzados hacia el futuro, son los únicos que podrían traer la salvación a este mundo desquiciado y a punto de sucumbir. Esto sería válido también para las mujeres inteligentes, quienes deberían tener acceso a ejemplares masculinos hoy monopolio de famosas sexagenarias o hembras del tercer mundo incapaces de apreciar las singulares características sexuales de sus engendradores. Ya lo advierte Dawkinson: “O esto o el acabose”.
         Si los genes subnormales, siguiendo la propuesta de Dawkinson, fueran reemplazados por genes inteligentes, en un milenio la población del planeta experimentaría una grandiosa transformación. Un planeta, a no dudar, habitado entonces por gente culta e inteligente y a la vez bella de forma, pues no se olvide que cada espécimen “inteligente” se habría pareado con varias de la especímenes más bellos del sexo contrario. 
         Pero si, como se teme el autor (y yo), los genes siguen mostrándose igual de gilipollas y siguen prodigando a la inteligencia de la especie dioptrías en los ojos, músculos fofos y penes de risa, poco se podrá hacer por la salvación del planeta.
         Este libro ha sido bien recibido por toda la intelectualidad occidental, ansiosos de que, una vez convencidas las mujeres de este cambio de rumbo en sus costumbres apareadoras, se amplíen sus hoy casi nulas posibilidades de acostarse con las mujeres objeto de deseo en los quioscos de todo el mundo.


Lambert O’Really
Crítico de su Majestad



lunes, 3 de febrero de 2020

Críticas eliterarias: El Grial de la discordia



Críticas eliterarias

El Grial de la discordia
(Análisis estructurral)

La literatura sobre templarios y sectas medievales que revolotean en torno a una copa añeja de vino denominada Grial (noténse las mayúsculas) ha resultado en los últimos tiempos una veta fértil para hacer ricos a escritores que de otra manera habrían de dedicarse a profesores de enseñanza media (y mediana). El más próspero de los mineros de esta fructífera veta es Peter Merlin, quien tras los éxitos de sus novelas El Grial y yo, El Grial ataca de nuevo, (¿han notado las mayúsculas?) de nuevo retorna al asunto que tan pingües beneficios le reporta con la novela que cierra la trilogía: Los pijos del Grial (de nuevo las mayúsculas, tomen nota). Para que se hagan una idea de por dónde van los tiros, o los flechazos, para no incurrir en anacronismos, la historia de esta nueva entrega comienza en un castillo de la Provenza francesa que alberga a unos albigenses de buena familia que dicen conocer el paradero del ansiado Grial (de nuevo las malditas mayúsculas). Los albigenses, Johnattan y Vanessa, visten con lo último en dalmáticas del prestigioso diseñador Pack O’Raban y hablan continuamente de su chalet en Antioquía y de su carro de dos caballos con suspensión de cuero trenzado y alimentado con alfalfa de 98 octanos. En el castillo se les comienza a conocer como los pijos del Grial (¿qué pintan aquí las mayúsculas?) En esto aparece un templario ceñudo y enigmático, un tal don Mendes Ventura, hombre con fama de negroamante y dado a hacer cábalas. Don Mendes entabla amistad con los pijos del Grial (¡malditas mayúsculas!) y les convence para que abandonen el castillo y acudan con él a un macrofestival de trovadores que tendrá lugar en breve en la ciudad de Constantinopla. Está previsto que actúen, entre otros, el famoso trovattore Ricky Marten y el grupo de vihuela O ultimo della fihla. Los pijos del Grial (es la última vez que repito lo de las mayúsculas; si no lo han notado, allá ustedes) aceptan encantados y preparan sus cofres de viaje. Parte la caravana al cabo de una semana. Junto con los pijos del Grial viaja don Mendes Ventura con un séquito de cinco templarios y una escolta de veinte Mossos de Cuadra que les ha prestado el castellano provenzal. Pero el Papa Nuno IX se entera y manda a dos espías disfrazados como siervos de la gleba para que siga a la expedición. El resto es aventura mística y mistificación medieval, un popurrí novelístico donde no faltan los piratas del Adriático, los castillos con pasadizos y sala de torturas, funcionarios de la inquisición con aficiones a la barbacoa, mercados con trileros y genoveses con negocios de apuestas deportivo benéficas. Otra constante de este tipo de narración es la perfidia del papado, la corrupción de las altas órdenes religiosas, las cortesanas de corte sano y las bulas a troche y moche.
         El éxito de tan singular temario debemos atribuirlo, siguiendo el erudito estudio de Gil y Gil Blas de Saint Yllana titulado Au le recherche du templair perdú, al fondo crédulo del orbe cristiano y en concreto a la coprofilia que afecta a las autoridades eclesiásticas, quienes fomentan la reaccionaria creencia en copas milagrosas, desde el Grial a la Copa de la UEFA. La sumisión a lo milagroso y un prejuicio contra los impuestos indirectos que define al orbe judeocristiano es la causa de este gusto por el copón bendito, a tenor de los estudios realizados por Ilya Prigonine en su célebre obra Di profunda imbecilitatis Grialis secundorum, que el teólogo rumano escribió en latín para poder ser leído sólo por elites literarias, obra traducida al castellano por Ovidio Virgilio de Sotogrande bajo el caritativo título de Los pertinaces seguidores del Grial. La cercanía del milenio, con sus profetas y aciagas premoniciones, ha disparado la afición por estos asuntos, proliferando esta clase de sub-literatura en todas las secciones de papelería de los grandes almacenes, que es donde se compran este tipo de libros, libres los clientes de la sarcástica mirada de libreros con dos estantes de frente.
         Concluyamos este breve análisis estructurral advirtiendo que el Grial fue supuestamente la copa que usó Jesucristo para entromparse durante la última cena, y que unos la pintan de madera, otros de metal precioso y los restantes pensamos que desapareció junto con los demás enseres del restaurante, a no ser que un discípulo hábil se la guardase bajo la toca y la puliese en el rastro de Cafarnaún, si bien es estúpido considerar que desde tan remotos tiempos se haya seguido la pista a tan modesto utensilio. ¿Por qué no un tenedor o la servilleta que usó el Señor para limpiarse los morros de salsa belenesa? Habida cuenta que en tiempos de Jesucristo nadie daba un duro por él ni por su doctrina, parece superfluo pensar que alguien fuese capaz de guardar su copa para coleccionarla en aras de la posteridad. El Grial, concluimos, es un timo, timo a tomos mil que se venden en las librerías de todo el orbe occidental. Te alabamos, Señor... Gutenberg.

Lambert O'Really
Crítico de su Majestad