
Una
plaga que han de sufrir hoy los cuentos es la corrección de los mismos en
nombre de esa hipocresía enervante llamada “políticamente correcto”. El patito
feo no puede ser de color negro, por si alguien se ofende, el lobo de
caperucita no puede ser mostrado muy malo, porque es una especie protegida, la
abuelita debe valerse por sí misma y no ser tan tonta que deje mal a los
ancianos que constituyen la numerosa población de votantes de la tercera edad.
¿Y los siete enanitos? ¿Se les denominará “seres de crecimiento no favorecido”,
por temor a que se enfaden los enanos que en el mundo hay? Todo a la mayor
gloria de la edulcoración, del sentimentalismo pueril, de la piedad empalagosa.
Como si lo esencial fuese no disgustar a nadie y recordar todos los nombres. Consecuencia:
la inevitable idiotización del público lector expuesto a estas bobadas de los
biempensantes. Los hermanos Grimm tienen cuentos de indisimulable crueldad,
pero es que el mundo, el suyo y el nuestro, es cruel. Limar sus crueldades, eliminarlas de los textos infantiles no evita que éstas persistan.
Es el recurso del avestruz. Conviene suministrar a nuestros infantes, aunque
fuera en dosis homeopáticas, vestigios de la crueldad que encontrarán cuando
crezcan, si el pobre (nada infrecuente, por desgracia) no las descubre de
pequeño en su propia carne. Porque ya no vale aquí eso de “¡Oh quien, aquí seguro, vivir pudiera
siempre y escondido!” No hay escondites, hay que acostumbrarse al sonante
bramido del piélago feroz que el viento ensaña.
Zaragoza, 31 de marzo de 2015.