lunes, 6 de enero de 2020

Críticas eliterarias: Los anillos del señor



Críticas eliterarias

Los anillos del Señor
 (Análisis sexo-ilógico y estructurral)

El señor de los anillos” pasa por ser un relato épico-infantil para entretenimiento de jóvenes y adultos con imaginación. Pero esta placentera imagen ha sido subvertida por las recientes investigaciones del Dr. Finnegans Wakes, vertidas en su reciente libro “¿El señor de los anillos o los anillos del Señor?”, editado por la editorial BallToucher. El autor de esta investigación propone una lectura alternativa de la célebre obra de Tolkien. Arguye este prestigioso investigador, y trata de probarlo en las 450 páginas de su obra citada, que todo el libro no es sino una excusa del autor para librarse de sus obsesiones geriátrico-pederastas. A nadie se le escapa, y menos al Dr. Finnegans, que los protagonistas de la historia son niños de cincuenta años, denominados hobbits. Y que a estos niños se los somete a duras pruebas y tormentos sin fin. Hay claves, indicios, según el Dr. Wakes, que muestran esa compulsión geriátrico-pederasta muy típica de los ambientes universitarios donde se movía el autor a la hora de escribirlo. Veamos algunos de los argumentos del Dr. Wakes:
. Durante los pasajes que transcurren en la posada “El Poney Pisador”, propone el Dr. Wakes que nos fijemos en esa conversación que, en un rincón de la posada, tienen Frodo y Trancos. Y cómo Trancos trata de acariciar al hobbit pasándole una mano por la cabeza y éste, conocedor de las intenciones del supuesto aliado, se aleja de allí con cara de pocos amigos. ¿Había Trancos intentado sobrepasarse con el pobre Frodo? Eso parece indicar el que esa noche, Frodo durmiese en la cama más alejada de Trancos y con un ojo abierto (de la cara). Asegura el Dr. Wakes que Tolkien poseía un manuscrito más explícito sobre este pasaje, pero que se perdió en un incendio fortuito cuando Tolkien jugaba con el documento junto al fuego de la chimenea.
. Otro pasaje esencial para entender la lujuria subyacente en relato, tiene lugar en la “cima de los vientos”, donde los jinetes negros atacan a nuestros amigos. En un momento de la lucha Frodo es derribado por un jinete negro que, como buen jinete, trata de montar al hobbit por la retaguardia. Y no cumple su objetivo porque Trancos, en un ataque de celos, acude al rescate y cercena la cabeza del jinete lascivo, ayudando a Frodo a subirse los calzones, ayuda que el hobbit rechaza desconfiado.
. Ya en Rivendel, plagado de elfos rubios, gráciles… y sodomitas, las orgías de tipo homosexual se repiten por doquier, obligando a los pobres hobbits a permanecer en sus aposentos como salvaguarda de su virginidad. (Estos pasajes, al decir del Dr. Wakes, fueron posteriormente expurgados por el editor). Y en Rivendel se une al grupo el amanerado Legolás, quien poseído por un uterino deseo con la raza de los enanos, acosa a Gimli desde el principio. Y es que no hay nada peor que un elfo enamorado y de ojos pintados. Gimli deberá desde ese momento aguantar las insinuaciones, roces y proposiciones de un Legolás profundamente encoñado, o enculado, como sea más adecuada la expresión, si bien el lector, debido a la tensión del relato, no suele percibir estos detalles.
. Es sin embargo dentro de las cuevas de Moria donde tendrá lugar los sucesos más luctuosos de la historia. Aprovechándose de la oscuridad, Trancos no cesaba de chocar su delantera con la trasera de Frodo, detrás de quien se había colocado oportunamente. Eso hacía que Frodo procurara ir lo más deprisa posible, tropezando con Pippin, que iba en cabeza. Pero el pasaje más escandaloso, y que luego Tolkien quitó de la novela por consejo de su amigo Sir Edward Pederast, fue el encuentro entre Gimli y su enamorado Legolás. Por medio de un filtro amodorrante, Legolás logra llevar a Gimli a una galería adyacente al pasillo central, donde da rienda suelta a sus bajos instintos poseyendo al enano repetidamente. Pasado el efecto de la poción que los elfos denominaban Khali Moch, y notando la holgura de su esfínter, supo Gimli de su sodomización, queriendo entonces cobrarse la afrenta con la cabeza del elfo maricón. Al final tuvo que intervenir Gandalf, quien cansado de tanto mariconeo, se dio el piro, dejando a Tolkien la comprometida tarea de justificar su desaparición mediante el "tomado por los pelos" cuento de una lucha con el demonio de la cueva.
. Pero sin duda el personaje más vicioso de toda la obra es Gollum, o Sméagol, quien durante cientos de páginas se arrastra detrás de Frodo en pos de conseguir sus favores, siendo el anillo del poder un pretexto para ese otro anillo del joder que guarda Frodo en los calzones.
Como colofón, advierte Finnegans Wakes que la historia de los dichosos anillos no es más que una estratagema de Sauron, pederasta mayor de los reinos del sur, para atraer a Mordor culitos ricos de hobbit, tan codiciados por los compulsivos geriátrico-pederastas. Conocido como el señor de los anillos por la cantidad de bisutería que llevaba en las manos y otras partes del cuerpo, Sauron no codiciaba el poder, como nos quiere hacer creer Tolkien en una superficial lectura, sino los anillos anales de los hobbits que supuestamente acuden a él con el fin de destruir un anillo que el señor oscuro, pederasta mayor del reino, les había puesto de señuelo.
El final de la obra, con Frodo arrojando el anillo en la fragua de la montaña, no es sino un final simbólico, siendo el anillo sacrificado al ígneo líquido la representación de un condón enrollado. Con este final quiere expresar el autor el final del miedo al contagio de enfermedades de transmisión sexual que había atenazado a ese período oscuro. Como representante de los niños-viejos, Frodo quiere así mostrar una vía abierta y sana a la práctica del sexo en la Comarca. Es una manera de decirnos, de hacer caso a las tesis del Dr. Wakes, que vence el mal en el mundo, vence el vicio, la lujuria y la depravación.
         Desde el psiquiátrico donde está encerrado, el Dr. Wakes insiste en que este mundo está lleno de depravación y que el reino de Mordor está al caer, pues en el internado han tratado de sodomizarle ya en un par de ocasiones, señal inequívoca de esta infección geriátrico-pederasta que ha invadido el mundo.
         Deseamos al Dr. Finnegans Wakes un pronto restablecimiento y una duradera virginidad, y a ustedes, posibles lectores de "El Señor de los anillos", que se olviden de lo dicho aquí y disfruten… ¡Depravados, degenerados, geriátrico-sodomitas….!

Lambert O'Really

Crítico de su Majestad

lunes, 23 de diciembre de 2019

Críticas eliterarias: LOS SIETE JINETES DEL APOCALIPSIS



Críticas eliterarias


LOS SIETE JINETES DEL APOCALIPSIS

(Análisis estructurral)

¿Por qué siete? ¿Por qué jinetes? ¿Por qué del Apocalipsis? Desmenucemos estos "por qués" con la herramienta semiótica del estructuralismo postmediático. ¿Por qué siete? ¿Por qué no cuatro, o cinco, o veinte? ¿Por qué no admitir sin discusión el referido dígito y acabar de una puñetera vez? El siete es el número considerado sagrado o mágico por casi todas las religiones de la antigüedad. Siete fueron los planetas primigenios, siete los pilares de la sabiduría, siete las musas, siete los brazos del candelabro del templo de Salomón, siete las puertas del estadio Santiago Bernabéu, siete las vidas de los gatos, siete los días de la semana, siete los rotos en los pantalones. Como puede apreciarse, el siete vale tanto para un roto como para un descosido... semántico. Etimológicamente siete proviene de heptium, en latín siete, lo que viene a corroborar nuestra teoría de que el vocablo ha mantenido la uniformidad numérica a través de los siglos. En el libro que analizamos, siete es la cifra que nos desvela el número de jinetes, es el guarismo clarificador, la piedra angular del sumatorio significativo del contexto. ¿Qué hubiera sucedido si en vez de siete el autor nos hubiera hablado de cuatro? ¿Se imaginan: "Los cuatro jinetes del Apocalipsis"? No tiene carisma, no define, no posee sentido alguno. El cuatro es un número modesto, sin pretensiones, un número paupérrimo, para un apuro. Es imposible a nivel de protosignificado hablar de cuatro jinetes. Los jinetes lo son a partir de cinco, como bien señaló Friedrich Kirchenblau en su estudio Automatische Lehrerfunktionen des Texten und seine Einfluss in die Einklärung der Alten Bedeutung. Menos de esa cifra se consideran amigos a caballo, paseantes hípicos, pero no jinetes. Y ya que estamos, ¿qué significado posee en el libro el término "jinete"? Como bien señaló Charles Castille of the Pine en su ensayo Riders along the Nineteen Century. An Evaluation, jinete es alguien que utiliza una montura como medio de transporte y, por tradición medieval, el término posee un claro significado de alcurnia. El caballero era el que poseía y montaba un caballo. (Observen la relación entre caballo y caballero, la afinidad de su prefijo, sus complementariedad morfológica). Jinete en este sentido, unido al número siete, posee un claro sentido de horda, de grupo de castigo, de terrorífica partida. Los jinetes provocan miedo, pánico (recuerden al dios Pan, quien tocaba el caramillo para aplacar su miedo, una explicación que tiene su miga), y el numeral que lo precede acentúa esta sensación de desamparo. Y ahora llegamos al Apocalipsis. Esto no quiere decir que se avecine el fin del mundo sino que vamos a proceder a analizar la palabra "Apocalipsis". Lo primero que debemos decir de la palabra Apocalipsis es que es simplemente eso, una "palabra". A partir de aquí cualquier conjetura semántica es posible. Como es bien sabido el Apocalipsis es el nombre que dan las Escrituras a un alegre pasaje de San Juan donde se anuncia el fin del Mundo. ¿Y por qué San Juan? ¿Y por qué el fin? ¿Por qué el mundo? Pero centrémonos en la palabra "Apocalipsis" y dejemos para ocasión más propicia las preguntas surgidas tan inoportunamente. Si "Apocalipsis" representa el fin de mundo, no cabe duda de que su acepción es claramente ominosa. No es así como lo ve el filólogo rumano Celanescu, para quien el Apocalipsis es motivo de júbilo y alegría. No obstante, su tesis, surgida de un deseo oculto de suicidio global, no es apoyada fuera de la Escuela Psicoilógica de Chernobyl. El resto de expertos en análisis de textos concuerda con la opinión de que esta palabra posee un claro carácter ominoso. Uniendo entonces las distintas partes del puzzle conceptual, Los siete jinetes del Apocalipsis vienen a significar la amenaza de siete jinetes u horda aguerrida contra una humanidad desprevenida de su llegada. El grupo amenazador posee un carácter mágico otorgado por el numeral, lo que le hace casi invencible. La humanidad parece abocada a doblegarse ante la furia destructora de este grupo exterminador. Y sin embargo... Sin embargo ni rubor doy por terminado este erudito análisis. Adieu.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad

lunes, 2 de diciembre de 2019

La metamorfosis de Kafka


Críticas eliterarias


La metamorfosis de Kafka
(Análisis estructurral y semi‑ótico)


En la lucha entre tú y el mundo, ponte de parte del mundo.
(Kafka)

No hemos elegido este libro por casualidad, como el tema de esta breve obra tampoco fue elegido por su autor porque sí. Hemos escogido esta obra debido a las cargas de profundidad que posee, bombas psicológicas que explotan en la conciencia del lector causando catástrofes neuronales que a veces pueden resultar irreversibles. En primer lugar analizaremos los motivos que tuvo el autor para escoger un asunto tan escabroso. Es conocido (al menos por mí) que cierta vez su padre, sentados a la mesa, le llamó “insecto” (por lo visto Kafka había derramado sopa sobre el mantel), y que Kafka, recogiendo la sopa derramada con la servilleta, se calló y lucubró una venganza a la altura de su enferma imaginación. Después de aguantar los chillidos de su madre por haber recogido la sopa con la servilleta, Kafka se retiró a su habitación, tomó un papel en blanco y escribió: “Odio la sopa. Y mi pulso cada vez es peor. Debo comprarme calcetines”. Esta anotación es indispensable para conocer la verdadera razón de por qué Kafka escribió La metamorfosis cinco años más tarde. Ese pulso débil y tembloroso, esa obsesión con los calcetines, son la clave de la elección de insecto. ¿Por qué afirmamos esto? Porque el escarabajo –sí, amigo lector, es un escarabajo y no una cucaracha en lo que se convierte Gregor Samsa, un escarabajo de forma abovedada. Esto es al menos lo que nos asegura Vladimir Nabokov en su obra La estupidez en la literatura... de los demás, Butterfly Press, New York, y Nabokov era un experto en insectos y es posible que en literatura también‑, repetimos, porque el escarabajo es un animal pausado y al que no le tiembla el pulso, y también es negro, como los calcetines de los empleados de comercio. ¿Habéis visto algún escarabajo de forma abovedada a quien le tiemble el pulso? ¿Habéis observado a algún empleado de comercio con calcetines verdes? No. Kafka podría haber escogido para protagonizar su libro a la hormiga, insecto con más glamour entre los entomólogos y que probablemente hubiera incrementado las ventas finales de la obra. Pero no: escogió el escarabajo, un escarabajo de forma abovedada, un insecto de pulso firme, un insecto que incita al pisotón (sí, ya sé que la cucaracha incita más al pisotón, pero Nabokov es Nabokov) y que no se inmuta cuando se derrama la sopa a su alrededor. El escarabajo, negro como el carbón y los calcetines de los empleados de comercio, recuérdale a Kafka también las veces que recibió carbón por el día de Reyes, hábito que poseía su progenitor para ahorrarse el dinero de los juguetes y porque le gustaba hacer chinchar a su hijo, de quien opinaba que era "un raro de cojones". Pues bien, como reacción a ese rechazo paterno Kafka elaboró novelísticamente la transformación de un hipotético alter ego en un escarabajo, un escarabajo de forma abovedada y de pulso firme. Es de resaltar los intentos del padre durante la novela por entrar en el cuarto de su hijo y descubrir qué cochinadas estaba haciendo, y las no menos inoportunas interrupciones de su madre, quien quería limpiar la habitación, y lo difícil que se le hizo al autor impedir estas intromisiones de sus progenitores que amenazan con abortar su metamorfosis. También es significativo el comentario de su padre al enterarse de la transformación: llamó a su hijo transformista, y le escupió sobre los negros élitros. Sin embargo su madre, más comprensiva, después de limpiar y desinfectar la habitación, le aconsejó que se comprara ropa interior de color oscuro. Ambas actitudes simbolizan la deshumanización familiar que florecía en su época, deshumanización que Kafka no percibió, pues no era ducho familias ni en florecimientos.
El resultado de derramar la sopa y el insulto del padre da como resultado un proceso metamórfico que, para algunos eruditos, preconiza el moderno ciclo social del proletariado. (Véase el tomo IV, pag. 877 de la obra de Karlheinz Rundemund Kurze Forschung über Die Kafka’s Metamorphosis und seine Einfluss in the Entwicklung des Proletariats). Kafka es también, merced a la obra que estamos analizando, un precursor del “morphing” cibernético y un adelantado del transformismo que invade hoy los garitos de Benidorm y otros Sodomas costeros. Para concluir, traigamos a colación las palabras de Kafka en su lecho de muerte: “Nadie, ni siquiera yo, hubiera podido recrear el sufrimiento que supondría la transformación de una cucaracha en hombre”.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad


lunes, 11 de noviembre de 2019

La Habana para un elefante difunto



Críticas eliterarias


La Habana para un elefante difunto

de

Guille Cabra Enfante



Memorias de juventud del célebre escritor cubanolondinense Guille de la Cabra Enfante. En la Habana del pillo Trujillo, Enfante narra sus correrías por los clubes nocturnos de la ciudad, sus visitas al cinematógrafo y su participación política en favor de la palmera autóctona en contra de la importada de Florida. Los relatos de sus embriagueces (trompas, en jerga guantanamera, de ahí lo del elefante del título, que todo hay que decírtelo, lector torpe, y otra vez a ver si te fija y le das al coco, que para algo lo tienes, joder...) que inevitablemente terminan con un amanecer en el trópico, entre vómitos y arcadas, repitiendo trabalenguas (tres tristes tigres triscan trigo y es estrago, que es trago...) hasta que la lengua pastosa les pedía nuevos cuba libres, ocupan la mayor parte de estas memorias, memorias de “elefante” nunca mejor dicho. También habla de cine, cine en Black & White, y de la sardina que su madre le daba antes de ir a cada sesión y de sus amores con Ava Gardner y Rita Hayworth, amores que necesitaban del catalizador llamado ron, ron de caña, caña que se metía al cuerpo hasta quedar como un guiñapo. Enfante relata también, con gracia en desgracia, sus ligues de una tarde de verano, las cholas y las negras y las chinas, cochinas todas, hasta que tuvo que salir de la isla, y se aisla en la capital británica, con sus nieblas de Unamuno. También descarga su cólera, morbo de lectores, contra la revolución castrense. Pues sabida es la inquina que el autor profesaba al dictador cubano, al que tildó de politicastro, y que no merecía “fidelidad” alguna. Mas se desprende del libro que su principal motivo de inquina no es la quina, sino el prive de priva al nacionalizar Fidel las destilerías y destinar el azucarado licor a la exportación, siempre ad maiorem Dólar gratia. En La Habana para un elefante difunto Cabra Enfante nos descubre esa vana Habana que fue, que no es, pero que volverá si los yanquis logran miamizar la isla caribeña.
Libro recomendable para combatir la resaca de ron, de roncar para el resto. La editorial Cosa de las Américas no se responsabiliza del mal uso que se haga del mismo.

Lambert O’Really
Crítico de su Majestad

lunes, 28 de octubre de 2019

Sade y la otomana mecánica



Críticas eliterarias

Sade y la otomana mecánica
(Análisis sadolingüístico)

De todos es sabido el amor del Marqués de Sade por las otomanas, máxime cuando, transformadas por el genio de Minsky, la otomana deviene artefacto generador de múltiples y sincronizados placeres. Cuando Justine califica de “orgía suntuosa” la celebración en el castillo de Silling donde se prueba por primera vez la “máquina de encular obispos”, no está realizando sólo una selección de lenguaje propio de la eroticidad sadiana, está calificando la inclinación aristocrática por las vejaciones episcopales. Se trata de una Deformata reformare, que daría paso a una Reformata conformare, que a su vez conduciría a una Conformata confirmare, que culminaría con la Confirmata transformare. Esta tetraformulación ignaciana obtiene pleno sentido cuando el Papa Sixto XII, atrapado en Silling, se niega a probar la “máquina de encular obispos” argumentando que él ha pasado tal dignidad y que necesitaría una máquina sodomizante a la altura de su alcurnia. Para acabar con estas rémoras de placer en sus convites, Sade instituye lo que se conocerá posteriormente como “la otomana mecánica”. Es este asiento reclinado transformado por Minsky en un artefacto plenipotenciario, siendo válido para todas las dignidades eclesiásticas o políticas, para cualquier género o animal, dotado de salientes y aberturas capaz de satisfacer a una docena de sujetos al mismo tiempo. La otomana mecánica dio mucho juego a la imaginación de Sade y mucho trabajo y dineros a los carpinteros y orfebres que la construyeron para su hotel de La Coste. Por cierto, que su casa de La Coste tenía un cocodrilo verde pintado en el frontispicio (curiosidad para aficionados a los polos... no precisamente magnéticos).
            La construcción de la otomana mecánica entra dentro de las fases del placer definido por Sade, a saber:
            1) Accesis: privarse de ideas libertinas durante quince días mientras, en síndrome de abstinencia, se chupa el cuero de la otomana.
            2) Disposición: acostarse en soledad, sobre la otomana, teniendo como únicos compañeros el silencio y la soledad, y permitirse una ligera polución ayudado del falo eléctrico situado en el costado derecho.
            3) Desahogo: todas las imágenes, todos los extravíos reprimidos durante el periodo de accesis se liberan en desorden, y se agarra uno a todos los dispositivos de la otomana que pueda asir, chupar o introducirse.
            4) Elección: entre los cuadros que desfilan, entre los dispositivos que asimos o nos introducimos, elegir uno de ellos, el que más daño/placer nos proporcione y darle al mecanismo en fase rápida.
            5) Borrador: hay que apagar la otomana, dejarla que se enfríe, mientras se curan las heridas y se palían los escozores, se piensa en los errores o aciertos de la otomana descubiertos durante la sesión. Escribir la escena en un cuaderno.
            6) Corrección: después de haber descansado y escrito el borrador, y descubierto los pros y los contras de cada mecanismo de la otomana, volver a montar sobre ella, enchufarla a toda potencia y dejar que el poder de los motores eléctricos te satisfaga por todos los lados que puedan procurarte placer.
            7) Texto: si sobrevives a la experiencia, poner ésta por escrito y venderlas en forma de libro a la Sonrisa Inviertical o editorial similar, y forrarte. 
            Durante los largos encarcelamientos de Sade, la otomana mecánica pasó por distintos hogares: el del prefecto de la Policía de París, el obispado de Avignon, la casona de un paragüero de Cherburgo, quien finalmente se la vendió a un feriante, feriante que fue ajusticiado después de que el artefacto desvirgase a las cuatro hijas de Madam Tissue que se montaron creyendo que se trataba de un caballito, caballito del que no querían apearse y tuvieron que ser retiradas, desintroducidas de varios salientes por los tirones de media docena de rollizos gendarmes.

García Sade, Crítico de su majestad
Zaragoza, 28.10.19

lunes, 14 de octubre de 2019

Los traductores salvajes


Se ha puesto de moda, entre los traductores, el enmendar la plana a títulos homologados por el tiempo y la costumbre. Empezó con La metamorfosis, de Kafka. Un moderno traductor discurrió que el título alemán Die Verwandlung era más correcto traducirlo por La transformación. Craso error. La metamorfosis ya forma parte del imaginario colectivo de los lectores. No se puede cambiar de la noche a la mañana el título de una obra que ha hecho mella en nuestra imaginación por uno nuevo que suena a gramática profiláctica. Me niego a aceptarlo. El segundo caso de aberración traductora (es mi opinión) se refiere al nuevo título de la conocidísima Madam Bovary. A una traductora castiza se le ha ocurrido que el título correcto de esta obra, que se titula Madam Bovary en todo el mundo occidental, se pase a titular Señora Bovary. ¿Señora Bovary? ¿Qué pasa, que Madam puede confundirse con la duela de un burdel? El libro de Flaubert será siempre para mí, y para la gran mayoría de lectores (inmensa minoría) Madam Bovary. Jamás condescenderé a llamarlo de otra manera. El último caso, este reciente de pocos meses, es el título de Graham Greene The End of the Affaire. Traducido desde siempre como El final de la aventura, a un traductor, o editor, se le ha ocurrido que es mejor titularlo El final del affaire. Habrase visto. ¿Acaso ignorar los perpetradores de esta suplantación que aventura tiene en castellano el mismo sentido de affaire (aventura galante) que tiene en inglés y francés? ¿Por qué el cambio de título? ¿Quieren dejar a las claras que no se trata de una aventura a lo Emilio Salgari? Lo último perpetrado por estos traductores salvajes es el título de un relato de Kafka, que alguien recientemente (no diré quién) tituló En la colonia penal. Desde siempre este título ha sido En la colonia penitenciaria, titulo arraigado en el inconsciente colectivo de los lectores. ¿A qué viene este cambio que empobrece un título ya arraigado? ¿Hasta dónde vamos a tener que sufrir cambios de títulos de libros ya avalados por el tiempo? Si son tan listos, u osados, ¿por qué no traducen otros títulos ya arraigados y que fueron mal traducidos, pero cuyos títulos no tienen parangón? Augusto Monterroso nos informa de varios de estos títulos mal traducidos pero que fueron un acierto completo:
◙ En México, un dramaturgo tradujo la obra de Thornton Wilder The Skin of Our Teeth, expresión que se utiliza en inglés para decir “por los pelos”, como La piel de nuestros dientes. Con semejante título, todo menos acertado, la obra tuvo un fulgurante éxito.
◙ Otra curiosa traducción que contribuyó al éxito de una obra de teatro fue La importancia de llamarse Ernesto, traducción del original The Importance of Being Earnest, donde Oscar Wilde jugaba con la polisemia de “earnest”, que quiere decir “serio” y se pronuncia como Ernesto, que era además el nombre del protagonista. Una traducción honesta, sugiere Monterroso, hubiera sido La importancia de ser honrado pero, siguiendo al mismo autor, resultaría insípida y sobre todo poco propicia para atraer espectadores. El título elegido, gracias al atrevimiento de trocar "ser honrado” por “llamarse Ernesto”, prendió en nuestro idioma y hoy sería insustituible.
◙ Más curiosa es la traducción de la obra de William Faulkner The sound and the Fury como El sonido y la furia, título tan rotundo que catapultó a la fama al autor y consiguió para el libro un enorme éxito comercial en el mercado de habla española. Lo que el traductor no supo (o quizás sí pero le dio igual) es que “the sound and the fury” es una frase sacada del Macbeth de Shakespeare, en concreto de un pasaje donde se dice que la vida es un cuento contado por un idiota, e intenta definir el parloteo de un tarado de mirada errática: “Full of sound and fury, signifying nothing”. Siguiendo de nuevo a Monterroso, una traducción que respetase el sentido de la frase sería “bla, bla, bla”, o “Bleb, bleb, bleb”, que es como se expresaría un retrasado mental, precisamente el protagonista de la novela de Faulkner. (Como curiosidad, señalar que Astrana Marín, traductor casi oficial de las obras de Shakespeare al castellano, en vez de “lleno de ruido y furia” traduce “con gran aparato”).
            ¿Se atreverían los editores o los traductores salvajes a traducir los títulos referidos como propone Monterroso que debían ser los correctos?
            Postdata: También estoy en contra de los cambios de nombres históricos y grabados en la conciencia lectora, como es el caso de Lao Tse. Ahora dicen que se dice Lao Zi. Pues conmigo se van a joder. Para mí será Lao Tse. Suena mucho mejor, y además, prueba contundente, es así como aparece en las aventuras de Tintín titulado El loto azul. Qué mayor prueba de permanencia.
            Una higa para los traductores salvajes.

            Zaragoza, 14 de octubre de 2019



lunes, 23 de septiembre de 2019

LLUVIAS EXTRAÑAS


Sin comentarios…

Popular Science Monthly, Inglaterra, diciembre 1932. La mencionada revista informa de una lluvia de anguilas el 4 de Agosto sobre Hendor, Sunderland. Las anguilas cayeron sobre carreteras, jardines y tejados de las casas.

News and Courier, Charleston, EE.UU., 4 de septiembre de 1866. Se informa de una caída generalizada de piedras calientes a eso de las 7:30 de la mañana. A la 1:30 de la tarde una nueva caída de piedras calientes. El editor del diario afirma haberlo visto con sus propios ojos.

Scientific American, abril 1877. Se da cuenta de que miles de serpientes caen sobre Menphis, Tennessee, durante una tormenta ocurrida el 15 de Enero de ese año. Los reptiles no superaban los sesenta centímetros de longitud.

21 de Mayo de 1921, London Evening Standard. Miles de ranas cayeron del cielo sobre Gibraltar. El comentarista añade que las ranas estaban vivas y saltaban agitadas por el suelo.

21 de Julio de 1979, Soviet Weekly, Moscú. En la villa de Dargan-Ata en la entonces soviética Turkmenistán, otra lluvia de ranas, también vivas y saltarinas.

31 de Mayo de 1981, London Sunday Express. Lluvia de ranas en Narplion, Grecia. También vivitas y saltarinas. Referido por el Instituto Meteorológico de Atenas.

12 de Julio de 1873, Scientific American, EE.UU. Ranas cayeron del cielo durante una tormenta en Kansas City, Missouri.

5 de Agosto de 1940, London Daily Express. Lluvia de monedas sobre la ciudad de Mesherera, Rusia, durante una tormenta.

10 de Diciembre de 1968, London Daily Mirror. Lluvia de monedas durante un cuarto de hora sobre Gateshead, County Durham. Todas las monedas estaban dobladas por el medio.

30 de Diciembre de 1956, London People. Caída de monedas sobre Hanham, Bristol.

4 de Junio de 1981, Stocksport Express, Inglaterra. Lluvia de monedas sobre Reddish, población situada entre Stocksport y Manchester. El reverendo de la localidad, Graham Marshall, confirmó el hecho añadiendo que las monedas eran de 1 penique y de 50 peniques. También aseguró que no existía en la población ningún edificio lo suficientemente alto para que pudiera ser utilizado de plataforma para una broma.



Zaragoza, a 23 de agosto de 2019