miércoles, 19 de septiembre de 2018

La dictadura del diseño


La moda, el diseño, todo lo invaden. Todo ha de poseer un “estilo”, desde el cabello hasta las sartenes. El propósito de cualquier objeto es ahora su representación. No importa que la sartén fría bien, o demasiado plana, si es de Gucci, y se utiliza para mostrar a las visitas. Nadie duda de que el aporte del diseño encarece la mercancía, pero a pocos parece importarles. Y tampoco el hecho de que las marcas más prestigiosas (y caras) te hagan llevar visible su logo o su nombre, como  una seña de distinción (dicen ellos), o como una valla publicitaria andante (digo yo). Pero donde más se aprecia el furor y el exceso del diseño es en la comida y en el vestir. Los nuevos modistos del yantar no cuidan tanto el valor nutritivo de las viandas (y menos su sabor) cuanto su colocación y diseño en el plato. De hecho, y refiriéndose al sabor, cuanto más alejado esté éste de los sabores tradicionales, mejor. Por ello no sólo cobran precios desorbitados sino que quieren, además, recibir tratamiento de artistas. Gracias a esta tendencia, cada vez más gente hemos vuelto a buscar los sabores de la comida tradicional, avalada no por estrellas Michelín sino por miles de paladares satisfechos. ¿Quién podría comer a diario los sofisticados platos de Ferrán Adriá? Nadie en su sano juicio. El empalago sobrevendría al tercer día. Sin embargo, todos los días podríamos comer tortilla de patata o huevos fritos o cocido. Mediten por qué. En los semanarios de los principales periódicos, sin embargo, no cejan de mostrarnos (¿inculcarnos?) comida de diseño, platos de escaparate que exige una preparación escénica digna de la mejor colección de moda, fotos donde predomina el Photoshop sobre las lentes del fotógrafo: cebolla en alarde cromosomático y caramelizada al límite del tostado, gambas fritas que semejan fractales, huevos donde la canela descubre los pliegues sospechosamente perfectos de la clara en alarde, ensaladas engalanadas con filigranas de vinagre de Módena… En fin, el comer por la vista. Yo sigo prefiriendo el comer por el estómago. Qué le vamos a hacer.

Zaragoza, 19 de septiembre de 2018


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Cambio climático


Las alarmas han saltado, El cambio climático amenaza la supervivencia de la especie humana. Alarmas particulares ya habían saltado hace tiempo, pero esta vez han sido muchas de vez y muchos íncolas de este planeta se han parado a escucharlas. La mayoría se entera por primera vez. ¿Cuánto durará este estado de clarividencia, este prever la catástrofe inminente? Hasta que los culpables de la situación organicen otro partido del siglo, un reality-show más escandaloso o un miedo menos comprometedor para sus intereses crematísticos. Y vuelta a la modorra hasta que no tengan agua para hacer cubitos que llevarse al whisky o gasolina para el todo terreno con el que ir al centro comercial. La humanidad no escarmienta. Pareciera como si les bastase a los hombres que el mundo durara más allá de su esperanza de vida. Detrás de ellos, el diluvio, la lluvia ácida, o la radiactividad. La prensa recoge que el lobby que apoyó al señor Bush (hijo) pagó mucho dinero a científicos y profesionales del medio ambiente para que minimizasen o desmintiesen las amenazas sostenidas por los grupos ecologistas. El presidente de rostro anaranjado hace lo mismo. Un lobby, como saben, compuesto por carcamales al servicio de las empresas más contaminadoras, entre ellas las petrolíferas, cuyos desorbitados beneficios causan estupor… y miedo. Cada compañía petrolífera estadounidense, u holandesa, posee unos beneficios superiores al PIB de la mayoría de los países de la Tierra, incluyendo a los países de dónde sacan las riquezas. ¿Quiénes son los terroristas? ¿No llama semejante escándalo a la revuelta, a desposeer a estos tipejos de sus bienes por la fuerza? Lo malo es que son ellos los que poseen la fuerza y ellos los que desposeen al resto de los humanos. ¿Cómo poner de acuerdo a todos los países cuando los poderes que sostienen a los más poderosos y contaminadores no están dispuestos a colaborar? En su desesperación, uno hasta desearía que ocurriera lo peor: ellos también desaparecerán.

Zaragoza, 05.09.18

martes, 7 de agosto de 2018

¿Cuánto vale el patriotismo?


¿Cuánto vale el patriotismo? ¿Cuánto vale una bandera? Un trozo de tela con franjas de colores o con barras y estrellitas, como gustéis, y dependiendo de la dificultad del trazado, puede costar entre cinco y diez euros. No más. Sin embargo, estos trapos de colores, enarbolados por imanes, sacerdotes y políticos, cuestan muchas vidas, millones de vidas. Sí, su valor es mínimo, pero el coste tremendo. ¿Qué puede incluir un trozo de tela para que al ser ondeada frente a ciudadanos normales y corrientes, éstos corran a armarse y morir y matar por ella? ¿Existirá también en este objeto aparentemente ornamental una transubstanciación como la que opera en la hostia consagrada al transformarse en el cuerpo de Cristo? Y en este caso, ¿qué se supone que se introduce en la bandera? ¿La idea de la patria, el espíritu de la libertad, la demencia vengativa? ¿Qué puede insuflar a un pedazo de trapo el valor simbólico que ocasiona guerras y muertes por doquier? Hay quien dice que la bandera representa a la patria. ¿Y qué es la patria? Un concepto vacío, una sublimación del concepto nación, territorio donde ciertos bípedos comparten idioma, costumbres y religión. Si yo sacase mi pañuelo, lo enarbolara por encima de mi cabeza y pidiera a la gente que me rodea que me siguiese para acabar con un barrio vecino, ¿no me tomarían por loco? Nadie me seguiría. O a lo mejor algún borrachín, un amargado o algún violento. Pero la mayoría me tildaría de chalado. Pero si en vez de ser un pañuelo blanco, el pedazo de tela hubiera tenido determinados colores y alguien desde una tribuna o un púlpito pidiera a esa misma gente que se agrupasen bajo esa enseña, se armasen y se dirigieran contra un pueblo vecino con diferente enseña, la gente les seguiría enardecida. Dejarían a sus familias para defender el odio a los otros, a veces, es verdad, odio correspondido por esos otros. Y no se darían cuenta, tal era su ardor bélico, que quienes les incitan a matarse no les acompañan, se quedan detrás para hacer las cuentas. Sí, tenía razón el doctor Johnson cuando dijo que el patriotismo es el último refugio de un canalla. Y la primera trampa de la plebe embrutecida, añadiría yo.

Zaragoza, 8 de agosto de 2018

martes, 31 de julio de 2018

El imperio de la pornografía


La pornografía está en auge, lo inunda todo. Desde la más sutil que nos llega por medio de la publicidad a la más grosera y sin complejos que tenemos al alcance en Internet. Pese a la desaparición (casi) de las salas donde se exhibían este tipo de películas, cada día se producen más videos pornográficos que de cualquier otro tipo. La pornografía y sus fetiches se venden por catálogo, en sex-shops o se bajan de Internet (método más frecuente). Hay millones (sí, millones) de sitios en Internet donde se ofrece pornografía. La mayoría pretende ser de pago, pero las muestras gratuitas que ofrecen, multiplicadas por el número de portales que las ofrecen, hacen innecesaria el desembolso. Y qué decir de los géneros y subgéneros ofrecidos. Internet, por necesidad, ha creado una taxonomía del sexo que un millón de Linneos no hubieran podido superar. En una de las muchas páginas de sexo consultadas, hay por lo menos trescientas categorías de oferta. Estos son algunos de los apartados: mulatas, rubias, colegialas, dibujos animados, travestis, transformistas, gays, lesbianismo, parejas, tetas grandes, bizarrías (del inglés bizarre: cosa fuerte), zoofilia, sexo negro, fetichismo, etc. La lista podría continuar. En cada una de estas secciones uno halla cientos de películas, o trozos de ellas que se pueden descargar gratuitamente. Pero con tanto cebo y señuelo, a uno se le quita el apetito y renuncia al banquete prometido. Ha comido de pinchos. Ah, qué tiempos aquellos cuando una revista como Lib (pornografía carpetovetónica, con tías con pelos en el sobaco) bastaba para llenar y saciar nuestras ansias de sexo. Lo bueno de la moderna pornografía es que la obtienes mediante un simple clic en tu propia casa, gratis, y no necesitas almacenarla o esconderla en ningún armario poco frecuentado. Está ahí, en el ciberespacio, almacenada en una dirección que empieza con tres uves dobles (he estado a punto de escribir “ubres” dobles). Quizá no reemplace al sexo de contacto directo, pero puede ser un sucedáneo aceptable, y más barato. Para ir más allá, esperaremos a la replicante femenina o WoRobot.

Zaragoza, 1 de agosto de 2018

miércoles, 25 de julio de 2018

El dinero


No hay más dios que el dinero, y la banca es su profeta. Nunca, en ningún momento de la historia de la civilización occidental, ha existido un amor tan desproporcionado por el dinero. O quizá es que nunca lo ha habido en España y extrapolo esta circuns-tancia a todo el orbe capitalista. Pero me da que no exagero. Creo que es una afección global. Mencionaba la prensa hace unas semanas que el primer día que entró Bulgaria en la CEE, cientos de hombres de negocios de Inglaterra, Francia y España, entre otros, arribaron con maletas llenas de dinero a Sofía, principalmente para comprar inmuebles. Al calor de la rápida revalorización que preveían del valor de la vivienda, todas las sierpes financieras, buitres de la especulación, ratas de la hipoteca, arribaron a la capital de Bulgaria. ¿No pinta esta imagen un cuadro más exacto de nuestra sociedad que cien libros de historia y sociología, que ocultarían estos hechos de rapiña bajo índices de precios y tasas de crecimiento del PIB? Es descorazonador ver a los ciudadanos que me rodean, la mayoría de ellos con dos sueldos (el de su cónyuge y el suyo propio), adquirir pisos y apartamentos con un ansia que raya la locura. ¡Y cómo se les llena la boca hablando de revalorizaciones, de cómo con los alquileres de unos pisos financian la compra del próximo! Acumulan, tienen, poseen, pero no son. Han renunciado (¡qué les importa!) a culturizarse. No van al cine (total, ya tienen tele grande), no compran libros (¡No tenernos tiempo de leer!), no aprenden idiomas o estudian cursos de arte (¡menuda mariconada!), no se desarrollan espiritual ni moralmente. Morirán ignorantes, pero con propiedades. Ellos no valoran el tiempo que deben dedicar a notarios, escrituras, fontaneros, comunidades de propietarios, limpiezas de piso, amueblarlos, viajar los fines de semana a la playa o a la montaña para ver si su preciada posesión se encuentra en perfectas condiciones o se ha inundado debido a las pasadas lluvias. Ser o tener siempre ha sido el dilema de hombre en nuestra sociedad. Hoy el ser está devaluado, su índice ha perdido muchos enteros. ¡Buena época para invertir!

Zaragoza, 25.07.18

miércoles, 18 de julio de 2018

La espontaneidad


La espontaneidad. La espontaneidad es difícil de conseguir fuera de la infancia. Al crecer, al madurar, nos vamos llenando de máscaras y trajes que impiden ver lo que somos en realidad, en ese desnudo (y secreto) interior. La cultura, en este caso, añade más máscaras y más atavíos. La cultura es represión de instintos. Lo sabemos por Freud. La espontaneidad habita sólo en los niños y en los pueblos muy primitivos. Pero hay actos que nos devuelven por unos instantes la espontaneidad perdida. Uno de ellos es el salto. El fotógrafo que pensó en sacar a un elenco de celebridades de la cultura saltando (lo siento, conservo una foto pero ahora no recuerdo el nombre) tuvo una idea inspirada. Durante un instante, instante que recoge la foto, el personaje se desprende de sus máscaras, queda desnudo de gestos y se muestra tal como sería retornado a la inocencia. En ese suspenso magistralmente sostenido el sueño sombra suele vestir de bulto bello. Se iguala con el salto la personalidad. La espontaneidad se extiende delante del ojo de la cámara. Es fácil advertir el prestissimo nervioso o el lento aristocrático de ciertos brincos. Ciertas acrobacias pueden mostrar que se es fuga de faisanes de sangre ardiendo, pues la verdad acecha en los impulsos. Es por ello que hay saltos acrobáticos, saltos de tímido, saltos bailarines, saltos de ¡Dios mío, qué chorrada estoy haciendo! La foto, durante semejante acto desinhibidor tomada, nos mostrará al artista (los artistas tienen, si cabe, más máscaras que nadie) desnudo de artificio, primitivo y sincero, él mismo en esencia. Fue una buena idea la que tuvo el fotógrafo al querer captar a sus personajes en el acto de saltar. Debería hacerse también con los políticos. El salto les desnudaría y nos llevaríamos grandes sorpresas. Podríamos descubrir en el salto del conservador a un progresista camuflado, o vislumbrar en un nacionalista antiespañol el torero ancestral que lleva dentro. Sí, sería clarificador. Y divertido.

Zaragoza, 18 de julio de 2018

lunes, 16 de julio de 2018

¿Cómo se compaginan dos actitudes contrapuestas?


El buen católico que es un buen matemático, un químico de prestigio o un ingeniero competente, cree sin embargo en la Santísima Trinidad, tres dioses en uno, y que el vino que oficia el sacerdote se transmuta en sangre de Cristo al pronunciar unos latines. ¿Por qué aplica la razón o el sentido común en las tres profesiones que acabo de citar, y está por debajo del sentido común cuando se trata de la Trinidad o de la Consagración? Porque en los tres primeros casos ve con sus propios ojos y perfecciona su inteligencia; y en el último caso ve por los ojos de la tradición, de los mistagogos, cierra los suyos y pervierte el sentido común que posee.

La oveja feroz
16.07.18