miércoles, 11 de abril de 2018

Definir la eternidad


¿Cómo puede un cerebro finito, muy finito, dar cabida a un concepto tan grande como es la eternidad? ¿Puede algo contener una cosa más grande que ella? Sí, si esa cosa es un concepto, una idea, una definición. Pero aún así, la definición, aunque sepamos qué queremos decir con ella, no está del todo clara. ¿Cómo explicar la eternidad? Hay que recurrir a ejemplos, algunos escalofriantes, como el imaginar una esfera de hierro del tamaño de la Tierra y una hormiga recorriéndola sin parar. Pues bien, cuando el constante caminar de la hormiga desgaste la bola de acero por completo, ni siquiera habría comenzado la eternidad. Este escalofriante mecanismo aparecía en las torturantes historias de los sacerdotes cuando querían inculcarnos a los niños la duración de las penas del infierno. El problema para concebir la eternidad, que es esencialmente no‑tiempo, estriba en que tenemos que hacerlo desde una base temporal, desde nuestra innata noción del tiempo. Pero, ¿cómo concebir el no‑tiempo desde el tiempo? Difícil. Podríamos tirar por la calle del medio y decir, con Francisco Umbral, que la eternidad es cal y fosfatos. O parodiar a Borges y afirmar que lo eterno está en el bifurcarse de los caminos. O recurrir a la biología y consolarnos pensando que la eternidad, la inmortalidad, es un mero asunto de replicación individual. Si nosotros no podemos ser eternos, que lo sean nuestros genes. Pero estos conceptos y soluciones están pensados más bien para la eternidad entendida como fama duradera, como posteridad. Pero la idea que da vértigo es la otra, la inmortalidad en sí y para sí, el concepto metafísico de soledad sin mengua que asusta a los filósofos. Pero de este tipo de eternidad sabemos poco. Nosotros no somos tan incautos como ese personaje de Joseph Heller en su novela Catch 22, que decidió vivir para siempre o morir en el intento. Ni siquiera sabemos si sería deseable la eternidad. Lo que sí sabemos, gracias a Rilke, es que de la eternidad no hay salida (Aus dem Ewigen ist kein Ausweg), lo que debería decidirnos a renunciar a ella. Eterno no hay más que la eternidad.

Zaragoza, 11 de abril de 2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Nostalgia de la barbarie


Para Freud la civilización se basa en la represión de los instintos. Cuanto mayor la represión (los escandinavos, tan nórdicos, tan sin rabietas, tan duchos en saber comportarse) mayor el grado de civilización. Pero la represión de los instintos tiene un coste: las enfermedades somáticas, la tristeza, la depresión, el suicidio. Un italiano del sur que arroja el contenido del cenicero de su coche en la vía pública, se cuela en la cola del supermercado y no paga un impuesto si no le viene impuesto, no necesita ir al psiquiatra y sus posibilidades de auto-inmolarse son escasas. Pero un nórdico, un hijo de Ibsen, un hombre capaz de guardar una colilla en el bolsillo hasta encontrar un cenicero homologado, ese hombre necesitará, más pronto o más tarde, ayuda psiquiátrica o acabará despeñándose por un fiordo. Es el precio de la civilidad. Aunque hay quienes aseguran que los individuos civilizados no son los productos de una civilización sino su causa. Lo que vendría a significar que el nórdico del ejemplo, junto con sus conciudadanos, ha sabido crear una sociedad a su imagen y semejanza, o sea, una civilización. La verdad es que el argumento tiene su lógica. Ya decía Baudelaire que la civilización nos está en el gas, ni en el vapor (ni en el teléfono móvil, ni en usar Facebook, actualizo) sino en la disminución de las huellas del pecado original. Bien, pero no olvidemos, como decía Ortega, que al fin y a la postre el hombre civilizado es hijo del bárbaro y nieto del salvaje. Estos salvajes que, como los indios de Canadá, comen cuando tienen hambre, pues no conocen otro reloj que el apetito, no conocen la propiedad ni la envidia, desdeñan el dinero, eligen jefes sin privilegios y consideran ridículo obedecer a un semejante. ¿Salvajes? ¡Ah, la nostalgia de la barbarie! Quizá más que una visión del mundo, la civilización sea un mundo, o muchos mundos, y no haya que medirla sólo por los avances tecnológicos o la represión de instintos.

Zaragoza, 4 de abril de 2018

miércoles, 28 de marzo de 2018

La familia


En los días navideños se oye hablar demasiado de la familia, la familia se reúne, la familia se da regalos, la familia contempla unida la estupidez televisiva que infecta las cadenas por estas fechas, juntas comen las uvas y prometen cambios en sus vidas. Menos mal que las fiestas se terminan y uno puede ya olvidarse de la familia, de las promesas, de la buena voluntad para con el prójimo y volver a ser el egoísta de siempre. ¡Qué felicidad! Decía Santayana que la familia es una de las obras de arte de la naturaleza. Santayana no se casó, por lo que se libró de tener suegras, cuñados, yernos, etc. Tampoco tuvo hijos. Él contemplaba este arte de la naturaleza como quien visita un museo, a través de las ventanas de las familias ajenas. Así, cualquiera. En el otro extremo, los árabes tienen un dicho que reza: Un mal pariente es un alacrán. El pueblo árabe es uno de los que más se han ocupado de asuntos de la familia, entre ellos los vínculos familiares siguen siendo muy fuertes. Como ejemplo, sírvannos esta historia:

Entre los prisioneros de guerra que Al Hayáy tomó en sus conquistas, había una mujer árabe que cayó prisionera junto con su esposo, un hijo y un hermano. Al Hayáy le dio a elegir a uno de los tres para salvarle. La mujer respondió: “Esposo no me faltará y aún podré tener hijos, pero ¿dónde conseguir un hermano?”
Conmovido el general muslim por la sabiduría que encerraba la respuesta de la prisionera, ordenó la libertad de los tres.

Pero los árabes también poseen un dicho, algo ambiguo, que dice: ¡Cuántos buenos hijos tenemos que no hemos engendrado nosotros! No sé si se refiere a la infidelidad femenina o a la fraternidad que debe reinar entre los miembros de la tribu. Da igual. Lord Byron, en sus memorias, dejó escrito que si algún día tuviera un hijo varón, le daría la educación más prosaica que pudiera: sería jurista o pirata. ¿Y cuál es la diferencia? Esto de tener hijos, sin embargo, no está bien visto por algunos intelectuales. Cioran, por ejemplo, decía que todos los padres son irresponsables o asesinos, pues en su opinión sólo los animales deberían dedicarse a procrear. Otros, como Aleister Crowley, prefería no esforzarse: “Mi familia son los grandes hombres del pasado”. Ah, pero ¿se puede elegir?

Zaragoza, 28 de marzo de 2018

miércoles, 14 de marzo de 2018

En torno a la cultura


La cultura es un término de origen latino, cultura era el cultivo del campo, que luego se aplicó al cultivo del espíritu (cultura animi), arar y sembrar los surcos del cerebro para que den mieses de conoci-mientos, cosechas de pensamientos. Hoy se ha olvidado este origen humilde y pecuario del término y se entiende por cultura desde el contenido de la ciencia en su valor intelectual, los intentos de explicar el universo o la suma de influencias recibidas. Para Sánchez Ferlosio la cultura es un invento del gobierno. Luego están los que distinguen entre alta y baja cultura (como la costura) o cultura humanista y científica, olvidando que si algo debe tener una capacidad de valoración global es la cultura. Porque la cultura no pertenece en exclusiva a ciertas áreas geográficas, ni dentro de ellas a una clase económica o educativa; la cultura ha de ser de todos, en todos y para todos, o no será. Pero siempre saldrá un chistoso que me dirá que si añado “educación” a Atila el huno, no conseguiré un filósofo como Platón sino un conquistador como Gengis Khan. Esta concepción parte del hábito de creer que cultura es conocimiento enciclopédico, esa cultura en la que creen los intelectuales pálidos y sin aliento, sonámbulos de la historia. Porque si a Platón le quito su instrucción no consigo un bárbaro, sino un ciudadano cumplidor de las leyes y participe todavía de la cultura de su pueblo. Otra opinión crítica con la cultura aduce que la cultura envejece al individuo, refrena su vehemencia juvenil al someterle a normas estrictas. A esta opinión responder usando un escolio implícito de Nicolás Gómez Dávila: “Cultivado es el hombre que no convierte la cultura en profesión”. Para finalizar, creo que deberíamos hablar menos de cultura y ayudar a crearla.

Zaragoza, 14 de marzo de 2018

miércoles, 7 de marzo de 2018

La época de la información


¿Qué une a las dos personas de la imagen, separadas por, estimo, tres generaciones? La información. Ambos escuchan, ambos están procesando información. Un estudioso de la información, Norbert Wiener, dijo que la información sólo es posible como transmisión de alternativas. Si lo que se transmite es una contingencia (hace frío, siendo invierno), es mejor (menos costoso), más eficaz, no transmitir nada. La información gana a medida que gana en rareza. Por ejemplo, decir que los bancos abusan de su poder no dice apenas nada, pero si se informara que los bancos reparten sus beneficios entre los pobres, el valor de la información transmitida es casi infinito. Hoy el mundo es casi información. Hoy nos alimentamos de información. La información es aquello para lo que se lucha y sobre todo lo que se lucha. La próxima guerra se dirimirá entre centros de información. Ya lo auguró John Von Neumann: “Estoy pensando en algo más importante que las bombas. Estoy pensando en los ordenadores”. Los ordenadores son información. Por este súbito poder conferido, la información suscita recelo. Es quizá por ello que la información (su libre transmisión) esté prohibida en más de medio mundo y falseada en casi la otra mitad. Aunque en nuestra era tecnológica el peligro con la información está tomando visos no previstos: el peligro no es hoy tanto la falta de información como la superabundancia de la misma. Desde todos los medios se nos bombardea con información de todo tipo. Hoy es más esencial que nunca saber discernir la información relevante de la que no lo es, desechar la basura sin tan siquiera mirarla, un filtro que impida que sucumbamos al tsunami de bits que nos inunda cada día. Anunciaba R. A. Wilson, analizando la tendencia histórica, que para el año 2010 la información se duplicará cada día. Hoy, en 2018, se triplica. Sí, la información es el tirano del mundo moderno. Opongamos a su omnímoda avalancha nuestra mayor capacidad de discernir. Así sea.

Zaragoza. 7 de marzo de 2018

miércoles, 28 de febrero de 2018

Locos por el psicoanálisis


Durante una huelga del carbón en Inglaterra, un psicoanalista que trabajaba en calidad de experto para el gobierno de la señora Thatcher fue enviado a la región para tratar de averiguar qué motivaba las protestas de los mineros. Este experto en mentes dio al gobierno la siguiente explicación: el minero trabaja con un pico, que es un símbolo fálico. ¿Y contra quién empleaba ese símbolo? Contra la tierra que es su madre. Y eso era, en opinión del experto en mentes, lo que desencadenaba en los mineros las pulsiones que les impedían trabajar. La psiquiatría es una geografía del desorden mental, pero un desorden que, por lo que muestra el ejemplo de los mineros, se da tanto en el paciente como en el médico. A los mineros quizá les conviniera la drástica solución de un psiquiatra iconoclasta que curó el complejo de Edipo de su paciente haciendo que éste yaciera con su madre. Así de sencillo.
Decía Mario Bunge que la psiquiatría era una contrarrevolución devastadora. Aplicada esta explicación al asunto de los mineros ingleses, no podía ser más certera. ¿Pero es todo negativo en el psicoanálisis? ¿Es el psicoanálisis, apenas, una lingüística aplicada, como sugirió Lacan? Karl. R. Popper se negaba (y otros muchos) a darle a estas teorías la categoría de ciencia, pues sus teorías no eran falseables ni podían hacer predicciones susceptibles de ser contrastadas. Y es que su base teórica, tanto en Freud como en Jung, sus dos pilares, no son los hechos empíricos, ni las matemáticas (¿se imaginan unas matemáticas que modelizasen la ablutomanía?), sino los mitos y la literatura. En la obra de Freud, como bien señala George Steiner, se le da categoría de prueba clínica a textos de Sófocles, Shakespeare, Rousseau, Ibsen, Balzac, Dostoievski, etc. Se basa, en suma, de una “auctoritas” literaria, no científica. Es por ello que el psicoanálisis puede afirmar que Caifás es una zarza, Pilatos una caña, y Alarico un volcán “de la garganta escarlata”. Puede que como dijera Adorno, la única verdad del psicoanálisis sean sus exageraciones.

Zaragoza, 28 de febrero de 2018

miércoles, 21 de febrero de 2018

La educación sexual


La educación sexual en los colegios sigue tan gazmoña como en nuestros tiempos. En mis tiempos nos hablaban de las abejas, el polen y la flor. En algunos colegios de monjas y curas, ni siquiera disfrutaban de esta gazmoña aproximación. Ese capítulo se saltaba. El sexo no existía. Y así nos pasó, que tuvimos que descubrir el sexo a través de amigos mayores que tampoco lo tenían muy claro y que te hacían dudar sobre si nos estaban instruyendo o desanimando. Cuando uno se entera de cómo se fabrican los niños, mira a sus padres de una forma diferente, como a unos viciosos. Y por las noches procura no escuchar, por si les da por fabricar un hermanito. Casi peor era el trauma de saber por dónde salían los niños al mundo. Alguno, escandalizado, exclamaba: ¿Quieres decirme que los mean? Yo, debo confesar, me enteré de la forma en que venían al mundo los bebés por una película que se titulaba Helga, que estrenaron en Bilbao y fue un éxito de taquilla sin precedentes. Más que película era un documental sobre el proceso de gestación y nacimiento de un niño, y en él vi por primera vez una vagina y mi primer parto. Y claro, quedé impactado. No sabía que venían así, por ese conducto, no podía imaginar que algo que creía sólo destinado al placer pudiera dilatarse hasta permitir salir un cuerpecito sanguinolento y pringoso. Lo dicho, fue un éxito de taquilla en el tardofranquismo. ¡La de explicaciones de clase que se ahorró la clericalla! Hoy, por los libros que veo de mi hijo, hay dibujos explícitos, pero aún observo cierta gazmoñería textual. Y los hijos siguen sin querer hablar de ello con los padres. Prefieren informarse a través de los amigos. Todavía les queda esa vergüenza que se hereda en la memoria genética de los que hemos estado tantos siglos sometidos al catolicismo. Ahora, además, tienen Internet. En una peli porno se aprende más sobre el sexo que en una charla con tu padre y tu madre. Hoy, época de ciencia y tecnología, bien pudieran los enseñantes utilizar para este fin la jerga científica que muestra la ilustración.

Zaragoza, 21 de febrero de 2018