lunes, 23 de diciembre de 2019

Críticas eliterarias: LOS SIETE JINETES DEL APOCALIPSIS



Críticas eliterarias


LOS SIETE JINETES DEL APOCALIPSIS

(Análisis estructurral)

¿Por qué siete? ¿Por qué jinetes? ¿Por qué del Apocalipsis? Desmenucemos estos "por qués" con la herramienta semiótica del estructuralismo postmediático. ¿Por qué siete? ¿Por qué no cuatro, o cinco, o veinte? ¿Por qué no admitir sin discusión el referido dígito y acabar de una puñetera vez? El siete es el número considerado sagrado o mágico por casi todas las religiones de la antigüedad. Siete fueron los planetas primigenios, siete los pilares de la sabiduría, siete las musas, siete los brazos del candelabro del templo de Salomón, siete las puertas del estadio Santiago Bernabéu, siete las vidas de los gatos, siete los días de la semana, siete los rotos en los pantalones. Como puede apreciarse, el siete vale tanto para un roto como para un descosido... semántico. Etimológicamente siete proviene de heptium, en latín siete, lo que viene a corroborar nuestra teoría de que el vocablo ha mantenido la uniformidad numérica a través de los siglos. En el libro que analizamos, siete es la cifra que nos desvela el número de jinetes, es el guarismo clarificador, la piedra angular del sumatorio significativo del contexto. ¿Qué hubiera sucedido si en vez de siete el autor nos hubiera hablado de cuatro? ¿Se imaginan: "Los cuatro jinetes del Apocalipsis"? No tiene carisma, no define, no posee sentido alguno. El cuatro es un número modesto, sin pretensiones, un número paupérrimo, para un apuro. Es imposible a nivel de protosignificado hablar de cuatro jinetes. Los jinetes lo son a partir de cinco, como bien señaló Friedrich Kirchenblau en su estudio Automatische Lehrerfunktionen des Texten und seine Einfluss in die Einklärung der Alten Bedeutung. Menos de esa cifra se consideran amigos a caballo, paseantes hípicos, pero no jinetes. Y ya que estamos, ¿qué significado posee en el libro el término "jinete"? Como bien señaló Charles Castille of the Pine en su ensayo Riders along the Nineteen Century. An Evaluation, jinete es alguien que utiliza una montura como medio de transporte y, por tradición medieval, el término posee un claro significado de alcurnia. El caballero era el que poseía y montaba un caballo. (Observen la relación entre caballo y caballero, la afinidad de su prefijo, sus complementariedad morfológica). Jinete en este sentido, unido al número siete, posee un claro sentido de horda, de grupo de castigo, de terrorífica partida. Los jinetes provocan miedo, pánico (recuerden al dios Pan, quien tocaba el caramillo para aplacar su miedo, una explicación que tiene su miga), y el numeral que lo precede acentúa esta sensación de desamparo. Y ahora llegamos al Apocalipsis. Esto no quiere decir que se avecine el fin del mundo sino que vamos a proceder a analizar la palabra "Apocalipsis". Lo primero que debemos decir de la palabra Apocalipsis es que es simplemente eso, una "palabra". A partir de aquí cualquier conjetura semántica es posible. Como es bien sabido el Apocalipsis es el nombre que dan las Escrituras a un alegre pasaje de San Juan donde se anuncia el fin del Mundo. ¿Y por qué San Juan? ¿Y por qué el fin? ¿Por qué el mundo? Pero centrémonos en la palabra "Apocalipsis" y dejemos para ocasión más propicia las preguntas surgidas tan inoportunamente. Si "Apocalipsis" representa el fin de mundo, no cabe duda de que su acepción es claramente ominosa. No es así como lo ve el filólogo rumano Celanescu, para quien el Apocalipsis es motivo de júbilo y alegría. No obstante, su tesis, surgida de un deseo oculto de suicidio global, no es apoyada fuera de la Escuela Psicoilógica de Chernobyl. El resto de expertos en análisis de textos concuerda con la opinión de que esta palabra posee un claro carácter ominoso. Uniendo entonces las distintas partes del puzzle conceptual, Los siete jinetes del Apocalipsis vienen a significar la amenaza de siete jinetes u horda aguerrida contra una humanidad desprevenida de su llegada. El grupo amenazador posee un carácter mágico otorgado por el numeral, lo que le hace casi invencible. La humanidad parece abocada a doblegarse ante la furia destructora de este grupo exterminador. Y sin embargo... Sin embargo ni rubor doy por terminado este erudito análisis. Adieu.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad

lunes, 2 de diciembre de 2019

La metamorfosis de Kafka


Críticas eliterarias


La metamorfosis de Kafka
(Análisis estructurral y semi‑ótico)


En la lucha entre tú y el mundo, ponte de parte del mundo.
(Kafka)

No hemos elegido este libro por casualidad, como el tema de esta breve obra tampoco fue elegido por su autor porque sí. Hemos escogido esta obra debido a las cargas de profundidad que posee, bombas psicológicas que explotan en la conciencia del lector causando catástrofes neuronales que a veces pueden resultar irreversibles. En primer lugar analizaremos los motivos que tuvo el autor para escoger un asunto tan escabroso. Es conocido (al menos por mí) que cierta vez su padre, sentados a la mesa, le llamó “insecto” (por lo visto Kafka había derramado sopa sobre el mantel), y que Kafka, recogiendo la sopa derramada con la servilleta, se calló y lucubró una venganza a la altura de su enferma imaginación. Después de aguantar los chillidos de su madre por haber recogido la sopa con la servilleta, Kafka se retiró a su habitación, tomó un papel en blanco y escribió: “Odio la sopa. Y mi pulso cada vez es peor. Debo comprarme calcetines”. Esta anotación es indispensable para conocer la verdadera razón de por qué Kafka escribió La metamorfosis cinco años más tarde. Ese pulso débil y tembloroso, esa obsesión con los calcetines, son la clave de la elección de insecto. ¿Por qué afirmamos esto? Porque el escarabajo –sí, amigo lector, es un escarabajo y no una cucaracha en lo que se convierte Gregor Samsa, un escarabajo de forma abovedada. Esto es al menos lo que nos asegura Vladimir Nabokov en su obra La estupidez en la literatura... de los demás, Butterfly Press, New York, y Nabokov era un experto en insectos y es posible que en literatura también‑, repetimos, porque el escarabajo es un animal pausado y al que no le tiembla el pulso, y también es negro, como los calcetines de los empleados de comercio. ¿Habéis visto algún escarabajo de forma abovedada a quien le tiemble el pulso? ¿Habéis observado a algún empleado de comercio con calcetines verdes? No. Kafka podría haber escogido para protagonizar su libro a la hormiga, insecto con más glamour entre los entomólogos y que probablemente hubiera incrementado las ventas finales de la obra. Pero no: escogió el escarabajo, un escarabajo de forma abovedada, un insecto de pulso firme, un insecto que incita al pisotón (sí, ya sé que la cucaracha incita más al pisotón, pero Nabokov es Nabokov) y que no se inmuta cuando se derrama la sopa a su alrededor. El escarabajo, negro como el carbón y los calcetines de los empleados de comercio, recuérdale a Kafka también las veces que recibió carbón por el día de Reyes, hábito que poseía su progenitor para ahorrarse el dinero de los juguetes y porque le gustaba hacer chinchar a su hijo, de quien opinaba que era "un raro de cojones". Pues bien, como reacción a ese rechazo paterno Kafka elaboró novelísticamente la transformación de un hipotético alter ego en un escarabajo, un escarabajo de forma abovedada y de pulso firme. Es de resaltar los intentos del padre durante la novela por entrar en el cuarto de su hijo y descubrir qué cochinadas estaba haciendo, y las no menos inoportunas interrupciones de su madre, quien quería limpiar la habitación, y lo difícil que se le hizo al autor impedir estas intromisiones de sus progenitores que amenazan con abortar su metamorfosis. También es significativo el comentario de su padre al enterarse de la transformación: llamó a su hijo transformista, y le escupió sobre los negros élitros. Sin embargo su madre, más comprensiva, después de limpiar y desinfectar la habitación, le aconsejó que se comprara ropa interior de color oscuro. Ambas actitudes simbolizan la deshumanización familiar que florecía en su época, deshumanización que Kafka no percibió, pues no era ducho familias ni en florecimientos.
El resultado de derramar la sopa y el insulto del padre da como resultado un proceso metamórfico que, para algunos eruditos, preconiza el moderno ciclo social del proletariado. (Véase el tomo IV, pag. 877 de la obra de Karlheinz Rundemund Kurze Forschung über Die Kafka’s Metamorphosis und seine Einfluss in the Entwicklung des Proletariats). Kafka es también, merced a la obra que estamos analizando, un precursor del “morphing” cibernético y un adelantado del transformismo que invade hoy los garitos de Benidorm y otros Sodomas costeros. Para concluir, traigamos a colación las palabras de Kafka en su lecho de muerte: “Nadie, ni siquiera yo, hubiera podido recrear el sufrimiento que supondría la transformación de una cucaracha en hombre”.


Lambert O'Really
Crítico de su Majestad