miércoles, 10 de junio de 2015

El ciudadano indefenso

El poder, al hacerse más grande, más global, más omnívoro, empequeñece al hombre hasta límites que ilustra acertadamente el dibujo adjunto. La familia, sobre todo las más humildes, son como esa mujer en el paredón frente a tanques de distinta índole: gobiernos, bancos, publicidad, grandes compañías, ejércitos. Cualquiera de los poderes nombrados (hay más, hay muchos) podrían hacer añicos a cualquier ciudadano. Yo cada vez me siento más impotente frente a los abusos de las instituciones. Si un banco me cobra comisiones abusivas, ¿qué puedo hacer? ¿Demandarle? Ellos tienen bufetes enteros de abogados. ¿Cambiarme de entidad? Todos los bancos cometen los mismos abusos. ¿Guardar el dinero en casa? Difícil empresa, pues todos los pagos han de pasar por su cedazo. Ninguna empresa aceptaría pagarme en metálico (asumimos que no trabajamos para mafias o constructores, como algunos políticos levantinos), algo habitual apenas treinta años atrás, o cuarenta, es hoy impensable. Creo que incluso está prohibido por ley. Me refiero a las grandes empresas. Si lo sacamos nada más recibirlo, nos cobrarían intereses por no sé qué fechas de efectividad y al final deberíamos dinero nosotros. Los mismos abusos los sufrimos de las operadoras telefónicas o de los suministradores de energía, de los ayuntamientos u oficinas recaudatorias. Para luchar contra ellos necesitaríase legión de abogados y una gran fortuna para pagarlos y apagar su sed de más honorarios. Imposible. Pero tampoco nos engañemos con estas entidades anónimas; hagamos caso al señor de abajo:





Zaragoza, 10 de junio de 2015

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