martes, 17 de mayo de 2016

No oír, no ver, no hablar


En el cuadro anterior que supuestamente representa la felicidad: no oír, no ver, no hablar, el dibujante ha incluido a un tipo que es el único que parece feliz, pues sonríe, y que adivinamos sin esfuerzo que es quien ha ordenado a los otros sus actitudes como prueba de sumisión. De la filosofía que explica que la felicidad es la indiferencia hacia el mundo (ejemplificada por los tres monos de la izquierda), se ha pasado a la doctrina que cifra esta felicidad en las posesiones: salud, dinero y amor, y tiempo para gastarlo. Sobre todo el dinero, del que se ha llegado a decir que no hace la felicidad sino que la compra ya hecha. Ah, cómo me irrita la felicidad de todos estos hombres que no saben que son infelices. Ya lo dijo Antonio Porchia: “el no ser feliz es lo único que pagan todos, y es lo único que podría obtenerse por nada”.
            Camilo José Cela achaca a los chinos haber dicho: “Si quieres ser feliz un día, embriágate; si quieres ser feliz un mes, cásate; si quieres ser feliz un año, aprende los nombres de las flores y el de los pájaros y el camino de las estrellas; si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero”. Ya se sabe: jardinero a tus jardines.
            La felicidad, que parece un concepto indefinible, no se ha librado de intentos de medición. El pensador inglés del siglo XVIII Jeremy Bentham elucubró una fórmula sencilla para medir la felicidad. Introducía en la ecuación los placeres y las penas ponderadas por grados de intensidad, duración, certeza, rapidez, pureza, etc. Y en Estados Unidos existe un Barómetro General de la Felicidad, que en su última edición concluyó que el pueblo más feliz del planeta era el danés, con un 50 % de su población que asegura ser feliz, seguidos por los australianos y los norteamericanos. Esta manía cuantificadora llevó a un colegio estadounidense a calcular y divulgar que un buen matrimonio proporciona la misma felicidad que un sueldo de 100.000 dólares al año. ¿Tan en poco valoran la felicidad?
            Yo prefiero no darle vueltas al asunto de la felicidad y me limito a decir con Ramón Gómez de la Serna: “A las cinco de la mañana me caliento café y me digo: Todo el que se calienta el café es feliz”. Claro que yo prefiero calentarlo a las nueve de la mañana. Me hace más feliz.


Zaragoza, 18 de mayo de 2016

No hay comentarios:

Publicar un comentario