miércoles, 5 de agosto de 2015

Disputas religiosas

Creo que nadie puede negar que el motivo principal de casi todas las guerras habidas y por haber ha sido la religión. Hoy, sin duda, sigue siendo el mayor escollo para el entendimiento de los pueblos. Cada contendiente de las batallas se encomienda a su dios. Los fedaiyines alzan sus armas hacia el cielo y gritan que Alá es el más grande. El presidente de los EE.UU. reza a dios mientras con una mano se toca una parte de la chaqueta que algunos dicen que cubre el corazón y otros creemos que está guardando el billetero. Es cierto que algunas guerras actuales parecen motivadas por el lucro y el control de las materias primas, pero fíjense en las excusas que esgrimen los bandos y se verá que acuden a la religión para animar a sus contendientes o justificar sus acciones. Unos la religión revelada por Mahoma y otros la derivada de la civilización judeo-cristiana cuyo mayor exponente es un protestantismo crematístico. No hace mucho aseguraba el señor Bush, hijo, que fue la voz de dios la que le dijo que atacara (perdón, liberara) a Irak. El terrorismo, esa forma de guerra a plazos, también se agarra a la religión. Los nacionalistas del IRA lo hacían en nombre de la fe católica herencia de un San Patricio que hablaba gaélico con el Espíritu Santo, y se enfrentaban a los anglicanos, que también son cristianos, pero protestantes. Los chechenos matan en nombre de Alá. Aquí, los etarras, si bien en principio poco sospechosos de clericalismo, al profundizar un poco se averigua que ETA nació en un seminario, lo cual es significativo. Incluso la jerarquía católica del País Vasco ha jugado siempre un papel de santo medianero, pidiendo comprensión para estos luchadores patriotas y resignación a sus víctimas. La solución única, lo digo en serio, para acabar con las guerras, sería unificar todos los dioses en uno, uno que tuviera todas las propiedades de los fusionados. Él podría hacerlo, pues para eso es dios, un ser omnipotente por definición.
            O eso, o instaurar una teocracia agnóstica basada en el escepticismo.


Zaragoza, 5 de agosto de 2015

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